¿Qué sucede cuando tu mente lucha con tu corazón?

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Psicología Clínica

Si pusieras a tu cabeza y a tu corazón en una balanza ¿Qué pesaría más? ¿De qué lado se decantaría? Probablemente habría un desequilibrio y el peso se inclinaría más hacia un lado que hacia el otro, es decir, las personas por regla general tendemos a irnos a los extremos y o bien lo pasamos todo por el filtro mental o por el contrario somos tremendamente emocionales, y como dijo el filósofo griego Aristóteles, en el equilibrio está la virtud. O dicho de otra manera, es necesario buscar la aurea mediocritas o más conocida como la dorada medianía que no es otra cosa que el término medio.

Hablar de cabeza es hablar de mente y pensamiento y hablar de corazón es hacerlo sobre emociones y sentimientos. 

Parece que corazón y cabeza están siempre inmersos en una eterna lucha, nunca se ponen de acuerdo, uno dice A otro dice B y en medio estamos nosotros que no sabemos a quién de los dos hacerle caso.

En esa eterna batalla nuestra mente lleva ventaja, con eso de que es lógica, racional e inteligente es capaz de hacernos creer cualquier cosa (que le convenga a ella) por ello, nos dará un sinfín de motivos y razones para hacer que nos decantemos por la opción que ella propone desestimando todas las demás por absurdas o alocadas. La opción elegida por nuestra mente es la que más riesgos minimiza, pues es terriblemente miedosa, no le gustan los cambios ni el esfuerzo innecesario, le encanta repetir patrones que estima conocidos (aunque haya sido demostrado por activa y por pasiva que no funcionan) y que aplica de manera automática en situaciones similares. No hay duda de que nuestra mente es vanidosa y le encanta jugar al despiste con nosotros pero también cree que tiene la obligación moral de llevarnos por el buen camino cada vez que nosotros nos sentimos perdidos.

Sin embargo, el corazón por su parte es mucho más sincero y honesto, nunca nos miente. Es leal representante de nuestros más sinceros anhelos. De la misma manera que muchas veces no elegimos conscientemente nuestros pensamientos tampoco podemos elegir lo que sentimos. Por mucho que nos empeñemos no podremos evitar sentir determinados sentimientos desagradables, lo que si podremos hacer es gestionar y transformar esos sentimientos, en el caso de que sean negativos, en otros de más positivos. 

Tampoco podremos negarnos a sentir (porque entonces no seríamos humanos) o en su defecto, negar sentimientos. Los sentimientos cuando no son atendidos permanecen con nosotros y por mucho que queramos reprimirlos siguen ahí hasta que les hacemos caso y actuamos adecuadamente para sanarlos. Los sentimientos son como bombas de relojería, tarde o temprano estallan o nos consumen por dentro dando lugar a enfermedades que pueden terminar por costarnos la vida. Por lo tanto, no minimices su poder.

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Cuando tenemos conflictos con nosotros mismos o con los demás nuestra mente tiende a hacerse cargo, desarrollando una tarea para la cual a mi modo de entender no está capacitada. Trata de convencernos de que hagamos esto o lo otro, creyendo que sabe como sabe solucionar esa crisis, pero ¿Qué ocurre cuando el corazón está lastimado y por mucho que su mente le diga lo que tiene que hacer no puede aliviar su dolor? ¿Qué pasa cuando la mente le dice que olvide pero el corazón no está preparado para olvidar, soltar o aceptar? La contradicción que ahí se genera entre “lo que debería sentir” y “lo que estoy sintiendo” es a veces muy difícil de sobrellevar.

Es imprescindible dar a cada órgano las competencias que se merece. No podemos resolver una crisis emocional con la cabeza ni un problema mental con el corazón porque si lo hiciéramos así el resultado sería desastroso.

Aprende a escuchar a tu corazón y no le hagas tanto caso a tu mente al final el que saldrá ganando vas a ser tu.

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SicologiaSinP.com - Mónica Tello

Lic. en Psicología

Maestra de Reiki Usui, instructora de yoga, técnico profesional en masaje ayúrveda. Me gusta especialmente la terapia vibracional y de sonido con cuencos tibetanos, los símbolos que curan el alma, el péndulo hebreo, la técnica metamórfica, el Eneagrama y las flores de Bach. [...]