La machaconería de los analizantes

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Psicoanálisis

A partir de la lectura que hace Lacan de Freud podemos decir que la relación entre el trauma y el inconsciente se funda en que apre(he)nder lalangue es traumático para el infans.

El psicoanálisis se funda en la convicción de la existencia del inconsciente. Al decir de Freud, el psicoanálisis no exige sino que apliquemos también este procedimiento deductivo a nuestra propia persona, labor en cuya realización no nos auxilia, ciertamente, tendencia constitucional alguna. Esto no significa que los analistas no tengan inconsciente. Lo importante, que es gaje de oficio, es que no haga obstáculo a la hora de escuchar a un analizante.

Al atravesar un análisis se puede “convenir en que todos los actos y manifestaciones que en nosotros advertimos, sin que sepamos enlazarlos con el resto de nuestra vida activa, han de ser considerados como si pertenecieran a otra persona y deben ser explicados por una vida anímica a ella atribuida” . En otras palabras, la convicción sobre la existencia del inconsciente no es más que levantar la bandera de un saber que habita en cada sujeto, del cual no está muy advertido, y que esconde una verdad que hace de sus chanchullos tan ajenos como si fueran de(l) Otro.

Lacan define al inconsciente como el discurso del Otro. Pero, del mismo modo, avanzada su enseñanza, afirma que este Otro en cuestión, el discurso del Otro que es el inconsciente, no existe. ¿Cómo articular ambos postulados?

¡El Otro es un mal necesario!

Si el psicoanálisis apunta a la experiencia de que el Otro no existe tiene que ver con que el Otro fueron los padres: personas que hicieron malabares, bien o mal, y que permitieron al sujeto estar parado en la vereda de la religiosidad (no naufragar en el automatismo mental). Pero en lo real el Otro no existe. No existe en tanto Otro: son un hombre y una mujer, o lo que sea que lo alojó. Entonces, ¿qué es el inconsciente en tanto discurso del Otro que no existe?

Uno habla solo, puesto que habla con este Otro inexistente. En otras palabras, se la pasa durmiendo y, como de “la enfermedad mental que es el inconsciente no se despierta”, en un análisis —la experiencia lo demuestra—ellos nos suministran sus sueños —que no se reducen a los restos de eso que les pasa cuando dicen dormir—. Por esta razón el clinicar transcurre en una cama, lugar donde se trata de abordar al cuerpo del Otro, pero en este intento se pifia: a lo sumo se hace el amor, pero, a decir verdad, siempre se duerme.

El inconsciente en tanto discurso del Otro que no existe desemboca indefectiblemente en que Uno recibe su propio mensaje de forma in(ad)vertida, se la pasa dialogando con su Otro supuesto y es así como ve el mundo, siendo el Otro nada más que una duplicidad. Por esta razón Lacan propone que: el deseo y la realidad son una relación de textura sin corte, son la misma estofa. 

El embrollo del neurótico, podríamos decir, es que tiene su campo perceptivo limitado por unos anteojos equívocos: ve el mundo obstaculizado por el presunto deseo del Otro que le tocó en suerte y, como se acostumbró a usarlos, no quiere dejarlos. Está fijado a lo que vulgarmente llamamos “lo malo conocido” ya que, al decir de Freud, el hombre no abandona gustoso ninguna de las posiciones de su libido, aun cuando les haya encontrado ya una sustitución. Ante la justificación de los medios del goce, acusando al Otro, se presenta el famoso “no quiero saber nada de eso” ; que si el Otro no existe, el sujeto es responsable de su vida, de su hystœria. 

Es un hecho, las neurosis, tal como Freud las teoriza, son de carácter infantil. Es por esta razón que al inconsciente lo caracteriza de atemporal, motivo por el cual los neuróticos están sobredeterminados a repetir sus dramas edípicos.

¿Qué hace un analista entonces?

El analista lo que debe promover es molestar la defensa. Sabido es que, en sus dichos, el neurótico culpa al Otro de sus inclinaciones personales, pero, en su decir, no hace más que justificar el goce al que está aferrado. De este modo, Uno habla solo, salvo cuando habla con un analista puesto que, al decir de Lacan, “no hay medio para hacer otra cosa que recibir de un psicoanalista lo que molesta a su defensa” . Ante esto aclara que si bien “uno elucubra sobre las pretendidas resistencias del paciente […] la resistencia toma punto de partida en el analista mismo” . 

Se trata de introducir la histerización del discurso. En Intervención sobre la transferencia, a partir de la lectura del caso Dora, Lacan propone que la manera de trabajar de Freud procede “bajo la forma de una serie de inversiones dialécticas” . Esto quiere decir que, a partir de los dichos del sujeto, se debe regresar a ellos, al decir que se escabulle detrás, y no desviarse en las complacientes mentiras que enmascaran su responsabilidad subjetiva. Es la famosa pregunta: “¿qué responsabilidad tiene usted en su padeci-miento?”. 

Este modo de proceder no ofrece garantías. Se sacude un poco la neurosis, y no es para nada seguro que se la cure por eso, puesto que, detrás de la queja, hay una satisfacción de la que, al recibirla bajo la mascarada del Otro, el sujeto no se hace responsable, ofreciendo múltiples resistencias. En este sentido “los neuróticos son irreventables” . 

Lacan, retomando lo que Freud pesquisa en Pegan a un niño, dice que la verdad es hermana del goce. En la segunda fase de las fantasías, la cual es una construcción del análisis, el sujeto no está advertido del trasfondo de su satisfacción: se ofrece actipasivamente ante la profanación del goce del Otro. 

Como el acento está puesto en el goce del padre que golpea, hay un desplazamiento de sentido, la verdad se dice a medias. Es en esta síncopa que se vela la identificación del sujeto con la otra mitad, con el sujeto del niño que no es ese niño. En un análisis se realiza la reconstrucción de la segunda fase, en la que es el propio sujeto el niño a quien pegan. 

Esta frase es el soporte del fantasma. Uno habla solo y no quiere saber nada que recibe su propio goce de forma in(ad)vertida, esto es, su propio goce bajo la forma de goce del Otro, porque en lo real “del Otro sólo se goza mentalmente” . 

Molestar la defensa ha de ser el modo en el cual Uno deja de hablar solo. Para ello es indispensable que el analista esté disponible para soportar la machaconería de los analizantes, este discurso con esta verdad a medias donde, con poco oportunismo y cierta vehemencia, ha de culpar al Otro de sus propias inclinaciones personales. En otras palabras, culpa al Otro de su goce.

¿Es esta una tendencia humana a encontrar responsabilidades externas para una conducta fruto de una decisión interna?

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