El Reino ¿Qué es la perversión para el psicoanálisis?

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Psicoanálisis

El siguiente escrito toma como contrapunto de las elaboraciones psicoanalíticas sobre la perversión al protagonista de la serie “El Reino”, serie argentina (2021) disponible en Netflix. Emilio (Diego Peretti) es un líder religioso con creciente poder y aspiraciones políticas. Al comienzo, carismático, su presencia genera fascinación en su auditorio. A medida que avanza la trama conocemos además su lado oscuro: es un abusador de menores. Luego de frustrado su intento de abuso sexual al “pescado” (joven aparentemente investido de poderes divinos), Emilio es llevado por Tadeo (Peter Lanzani), su servidor, lejos del hogar donde Remigio (Nico García) lo detiene antes del hecho: “Con el elegido no”.

En el auto, profiere el siguiente monólogo:

“¿Sentir un amor incontenible es pecado? ¿Es un crimen desear al otro con tanta fuerza que el mundo desaparece y que lo único que importa es estar con él, acariciarlo, meterte dentro de él…? Porque eso es lo que yo siento. Es amor. Es amor. El mundo me juzga según sus reglas. Y yo me someto a su juicio porque es el mundo en el que vivo. Sé que me tengo que contener. Lo sé, lo acepto. Pero aunque lo haga, me niego a admitir que lo que siento es malo. No puede ser malo. El amor nunca puede ser malo. Cristo nos educa en el amor. Y yo siento amor puro. Creéme, Tadeo. No quiero dañar a nadie. Pero me están pidiendo que deje de amar. Muy bien. Lo acepto. Son las reglas del mundo. El mundo no está preparado para entender este tipo de amor. Y yo me pregunto… si sigo las reglas del mundo, ¿Rechazo el designio de Dios? Entonces la pregunta clave es… ¿Debo obedecer al mundo o debo obedecer a Dios? Porque este amor Tadeo… este amor es una ofrenda de Dios. Es un regalo que me entregó El Señor.”

Recomendamos a la persona que lee, observar estos minutos a mitad del séptimo capítulo. Su reproducción completa aquí reside en la claridad con la que expone la posición perversa: la falta de culpa, de angustia, de empatía por los sentimientos ajenos, la satisfacción de su goce a cualquier costo. También su relación con el Otro (en este caso “Dios”), su razonamiento, la necesidad de una escenificación.

Modos de concebir el término perversión

La perversión incluye un conjunto de interpretaciones, se trata de tres cuestiones bien diferenciadas (Tendlarz, 2010). Primeramente, como “desviación” de una sexualidad normal, una patología. Lo que hoy conocemos como parafilias: exhibicionismo, voyeurismo, fetichismo, froteurismo, sadismo, masoquismo sexual, entre las más conocidas, y otras menos divulgadas como la asfixiofilia, zoofilia, necrofilia. En fin, la visión clásica la define como cualquier actividad que depare excitación sexual sin tener por fin el coito “normal” con miras a la reproducción. Freud fue uno de los primeros en señalar que en sentido estricto toda la serie de actos preparatorios (besos, caricias, intercambios sexuales sin penetración) son “perversiones”, que no son consideradas tales por su fin “adecuado”.

Eso nos lleva a una segunda lectura, la propiamente freudiana. Definida como “perversa polimorfa” (Freud, 1905) la sexualidad humana tiene una serie de características que la singularizan y apartan de la sexualidad animal (que se había erigido al rango de “normalidad”). Para mencionar brevemente, por ejemplo: las zonas erógenas se constituyen sobre la base de zonas que tienen otras orientaciones (nutrición, excreción, mirada, voz), un período de latencia se interpone entre dos oleadas de desarrollo sexual (etapas oral, anal, fálica y genital), no tiene período de celo. Eso implica que en toda actividad humana subyace un componente sexual deformado, pero no que remite al sexo sino a las vicisitudes del deseo, la satisfacción, la relación con otrxs, la imagen, los significados, las palabras.

En definitiva, que ciertas palabras produzcan excitación sexual es algo netamente humano, que la teoría freudiana puede explicar, tanto como el rol de la fantasía. Es que el hecho de constituirnos como seres hablantes trastoca profundamente la esfera de los instintos, las percepciones, las capacidades innatas,y todo lo que define el mundo animal. El alto grado de prematuración de nuestra especie (necesitamos largos meses para caminar, no podemos valernos por nosotros mismos hasta entrados muchos años), la diferencia entre animales salvajes y domésticos, que un discurso produzca una fervorosa reacción, son sólo algunos ejemplos de algo que conduce a una conclusión freudiana: el complejo de castración. La noción última, “la roca viva del análisis” que hace referencia a la falta que sirve de apoyo a la subjetividad.

Finalmente, la tercera lectura del término: la perversión como estructura subjetiva, definida como un tipo de respuesta frente a la falta del Otro, diferenciada de la neurosis y la psicosis.

“La idea del neurótico es que el perverso, porque goza sin culpa, ni vergüenza, es un hombre libre. Sin embargo, el psicoanálisis enseña que allí también hay coacción, que en la conducta del perverso hay coacción” (Tendlarz, op.cit). Lacan toma al popular representante de la perversión en la época, el marques de Sade, para señalar que hay una dimensión de obligación de empuje a gozar de una manera que no admite freno ni obstáculo de ningún tipo.

La creencia en el goce del Otro

La neurosis es una clínica de la pregunta, en la psicosis la respuesta aparece antes que la pregunta, es una clínica de la respuesta. En la perversión hay una clínica de la demostración (Mazzuca, 2003). La fantasía, o el “fantasma” de Lacan, cumple funciones diferentes. En la neurosis está para sostener el deseo, es un lazo al Otro constituido por su falta, es imposible de colmar. En la perversión está para ubicar al sujeto como el instrumento que permite al Otro gozar, es posible de colmar, y allí radica lo que llamamos “voluntad de goce”. Pero hay una cuestión que es clave en el perverso: la creencia en el goce del Otro. Sabemos que el psicótico tiene una certeza en este punto, hay otro que efectivamente lo goza (el perseguidor en una paranoia o una erotomanía), pero tanto en la neurosis como en la perversión, no hay seguridad, es incierto. “No obstante, el perverso tiene fe, cree en su existencia y se entrega a ese propósito” (op.cit., p. 167). Siguiendo con esto, hay una diferencia fundamental en cuanto a la manera en la que las diferentes estructuras van a responder a ese goce. Así, el neurótico se defiende del mismo y se angustia al encontrarse sin recursos frente al deseo del Otro.

En la perversión, el goce y el deseo del Otro no lo angustia, sino que se ofrece como instrumento del mismo, es su vocación y se entrega a ello con devoción. El acto perverso entonces, se trata de un acto dirigido a un Otro, como mencionamos al principio, es una demostración.

De esta manera, tenemos un gran espectador, para quien se realiza el acto y se arma la escena, con el objeto de producir en él un goce en el cual se cree fervientemente. Pero al mismo tiempo, tenemos un otro, el que efectivamente está en la escena que el perverso construye. Víctima, partenaire, semejante, objeto, pareja, cómplice. Con estas coordenadas, se añade un punto fundamental, que es lo decisivo en el acto perverso: que el otro sea conmovido.

“El perverso sólo se satisface cuando tiene alguna señal de que el otro ha sido alcanzado por su acto, que el otro de alguna manera ha sido conmovido, le ha producido un efecto” (op.cit, p.171). Reacción que puede ser de displacer, de malestar o rechazo, pues “el perverso apunta al deseo y al goce del Otro, aún contra el placer y el goce del otro”.

Proponemos tomar estos conceptos para pensar sobre la posición subjetiva de Emilio y sus actos, tomando parte de los dichos del monólogo en el que despliega acerca de la naturaleza de sus acciones y su sentir. Hacerse objeto para colmar al Otro.

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Podemos pensar que para Emilio, líder religioso, acérrimo creyente y siervo de Dios, esta figura representa para él lo que llamamos un gran Otro, alguien a quien dirige sus acciones, quien lo observa, juzga, protege y guía. Alguien a quien servir. El pastor se ve invadido por un “amor puro”, incontenible que hace que el resto del mundo desaparezca. También afirma que se trata de un designio de Dios, es un “regalo”, una ofrenda, nos dice. En la ejecución de los abusos, del acto perverso, está presente esta figura, a quien le está dirigido, quien gozaría en la concreción de este amor, un amor para el cual señala, “el mundo no está preparado”.

Y continúa: “Entonces la pregunta clave es… ¿Debo obedecer al mundo o debo obedecer a Dios?”. Lo que impacta es esto. Parece que realmente creyera que se trata de la ley del amor, que debe cumplir. Que se le exige/ofrenda y como fiel servidor busca cumplir. El protagonista se vuelve entonces una herramienta para llevar esto a cabo, y en este sentido, podemos entenderlo, un instrumento para el cumplimiento de este amor, el goce del Otro en juego aquí.

Otro elemento crucial que aparece en el monólogo tiene que ver con la aceptación de las reglas del mundo, un orden del mundo del hombre, del que es parte. Pero, y esto es clave, si bien las reconoce y acepta, al mismo tiempo reniega de ellas, y las desmiente esgrimiendo otro orden: el divino. No quiere dañar a nadie (tampoco pareciera importarle si eso ocurre) aunque no lo comprendan, porque lo que lleva a cabo no es más que un “acto de amor”.

Sin embargo, entiende que su accionar está prohibido por la ley del mundo, y hasta penado. El elemento central aquí es la desmentida: el yo reconoce la realidad pero la desmiente.

Con el discurso legal diríamos “comprende la criminalidad de su acto”, y aún así se esfuerza por cometerlo. No experimenta culpa, ni se cuestiona. No hay vergüenza o arrepentimiento, no hay freno ante el dolor, rechazo o sufrimiento del otro. Hay aquí una contradicción que sería insoportable para un neurótico, pero que es parte estructural en la subjetividad perversa, sin que genere conflicto: la ley, la prohibición, y su desmentida. “(…) quiere gozar, y prohibe que nada, ni siquiera lo humano, obstaculice su goce” (Tendlarz, op.cit.). No se trata de que Emilio experimenta algo como “sé que está mal, pero no puedo dejar de hacerlo”.

Lacan (1960) afirma que hay algo particularmente claro en la experiencia del sádico, pero que es extensible a la experiencia perversa en general, y se trata de que el perverso no apunta tanto al sufrimiento corporal de su partenaire, sino más bien a su angustia. Se trata, por sobre todo, de que sea despojado de los significantes de que está revestido, de “reducirlo a su división más extrema (…) la traición a sus ideales, la caída de lo que creía amar y ser” (op.cit., p.176). Se entiende entonces la obsesión por el “Pescado”. La figura del elegido, el mesías, Dios hecho humano, se vuelve irresistible. Tiene que destituirlo como sujeto para el goce de su Dios verdadero, y el goce se encontraría en poder despojarlo de todas estas cualidades divinas, de lo que lo enaltece para volverlo un puro objeto para gozar. Un cuerpo más.

Bibliografía

Freud, S. (1905) “Tres ensayos de teoría sexual” en Obras Completas volumen 7. Amorrortu. 2010. Buenos Aires.

Lacan, J. (1960). El seminario de Jacques Lacan. Libro 10. La angustia. Paidós. 2017. Buenos Aires.

Mazzuca, R. (2003) Perversión. De la psychopathia sexualis a la subjetividad perversa. Ed. Berggasse 19, Buenos Aires

Tendlarz, S. (2010) Perversión. Grama Ediciones, Buenos Aires.

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Facundo Martin
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Facundo Martin

que genial este escrito muy buena la articulacion de los conceptos , saludos

Y. Barrios
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Muchas gracias Facundo, realmente los autores realizaron excelente trabajo

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Psicóloga clínica de orientación psicoanalítica. Residente de psicología clínica (Hospital Durand). [...]