Tolerancia y Aceptación: cuando lo similar es diferente

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Psicología Clínica

En el contexto actual de las luchas y reivindicaciones de derechos, considero oportuno reflexionar sobre estos términos -TOLERANCIA y ACEPTACIÓN- los cuales, cotidianamente, suelen considerarse como sinónimos en el léxico y un logro aparente el primero, pero nada más lejos de la realidad. Aún vale la pena recordar que existen grandes diferencias entre ambos y saber reconocerlas contribuirá también a la expresión de nuestra idiosincrasia.

En el contexto de las relaciones humanas, dichas diferencias implican mucho más que una actitud o una consideración hacia el otro; básicamente me definen íntimamente.

Haciendo un rápido análisis de la cuestión podemos dar por descontado que la tolerancia está vinculada a la actitud de admitir al otro, de dejarlo ser, aunque nosotros no compartamos ni aprobemos su posición. Por otra parte, la aceptación implica lo voluntario, la no oposición o resistencia, el recibimiento abierto, tal como es.

El Lic. Jesús Palomar Vozmediano, en su obra La Ambigüedad del Lenguaje Político, profundiza el análisis y expresa:

“La palabra tolerar proviene del latín ​tolerare…​ viene a significar sostener, aguantar o resistir. También significa llevar o sobrellevar, tanto algo material como espiritual, llevar una carga o sobrellevar una pena o un sufrimiento. Se relaciona entonces con la tolerancia en cuanto que lo tolerado es siempre algo malo que hay que soportar. La tolerancia implica una relación de poder. El que tolera tiene un poder real sobre el que es tolerado.”

​Por lo tanto tolerar también conlleva la emisión de un juicio de valor sobre algo o sobre alguien. Doy permiso. Admito que sea, aunque lo considere incorrecto, equivocado o contra mi voluntad. Podemos tolerar sin aceptar. Sin embargo, esa postura definirá la calidad de nuestra relación con el otro. Implica también una asimetría, donde uno (el que tolera) obviamente es superior al que es tolerado, es el que tiene “la sartén por el mango” -como se suele decir coloquialmente- y el otro (el que recibe la gracia de ser tolerado) queda relegado a la sumisión. Por esto, estar de uno u otro lado, reflejará el lugar asignado en la sociedad. Y estar del lado de los “tolerantes”, aunque desde el sentido común parezca saludable, definirá un modo de vincularnos y de tratar a nuestro (ya no) semejante.

Así se entiende porqué tolerar está más bien asociado a “soportar”, (con todo el peso que conlleva), a resistir, a estar en una posición incómoda, haciendo fuerza para mantener el estado de cosas. En definitiva, podemos decir que en la tolerancia hay una distancia formal, que no implica simpatía. Mucho menos la voluntad de tender puentes para alcanzar la otra orilla no deseada.

Todo esto es diferente en la aceptación, término que proviene del latín ​acceptatio y que significa “acción y efecto de aprobar, recibir”. No hay resistencia, no tengo que “soportar”, no hay juicio de valor que haga superior o inferior a una u otra parte; simplemente se recibe abierta y voluntariamente, aunque sea diferente desde mi visión. Si nos referimos a lo vincular, podemos decir que aquí sí hay simetría: el otro puede ser distinto (como también lo soy yo), pero nos iguala el respeto mutuo, la valoración del ser como tal por sobre lo adquirido y la riqueza de las diferencias, que nos permite aprender, comprender y ver una perspectiva “distinta” –no “equivocada”, menos valiosa o importante- de la vida. En definitiva, la aceptación implica la apertura a nuevas posibilidades, la continuación de un diálogo; la pausa para escuchar, la pregunta para conocer, para aprender de la experiencia de otro. En todos los casos, la aceptación allana el camino y habilita posibilidades ilimitadas.

Por último, creo que a los fines de graficar esto es útil hacer referencia a un hecho histórico que precisamente tiene que ver con la “tolerancia”. En el año 313 D.C. se promulgó el Edicto de Milán o Edicto de Tolerancia, por el cual se puso fin a las persecuciones y matanzas de una creciente agrupación religiosa en el territorio del Imperio Romano.

Precisamente que esta “paz” surgiera por decreto, no indicaba que los miembros de esta minoría serían aceptados, sino más bien “soportados”. El poder político, desde su jerarquía y magnanimidad, otorgó un “permiso-para-ser” a la otra parte, en obvia expresión de su poder y superioridad jerárquica.

Si bien este es un ejemplo extremo, a los fines de la presente reflexión nos sirve para dejar en claro que Tolerancia y Aceptación no son sinónimos: son dos maneras de posicionarnos desde nuestra idiosincrasia en relación a otro, obviamente distinto, pero no menos importante. Un otro necesario e imprescindible, porque -convengamos- ​“un rompecabezas no se arma con piezas iguales”.​ Mucho menos la trama social de la vida.

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SicologiaSinP.com - Carlos L. Di Prato

Técnico Superior en Psicología Social

Escritor independiente. Técnico Superior en Psicología Social. Operador en Salud Mental y Experto Universitario en Acompañamiento Terapéutico orientado a personas afectadas por el Mal de Alzheimer. Actualmente se encuentra realizando la Licenciatura en Ciencias para la Familia (Universidad Austral, Buenos Aires). Integra equipos técnicos gubernamentales, interviniendo con familias en situación de riesgo y/o vulnerabilidad. [...]