Lo que callamos los filósofos

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Filosofía

Un filósofo en Alemania tendría más claro que el agua su función social, y es que de un país con esa tradición de pensamiento no puede esperarse otra cosa. Sin embargo en la tierra que produce la caña de azúcar, bueno rectifico, en la tierra que una vez produjo la caña de azúcar, es un poco más complejo. Recuerdo las primeras impresiones de la gente cuando les dije que iba a estudiar Filosofía, aquellas caras y gestos se quedaron como instantáneas en mi cabeza, creo que no se irán jamás. 

Mi padre, idealista al fin, le decía orgulloso a todos sus amigos –Compadre la niña va a ser filósofa, mientras mi madre amante de los números optaba  por –caballero al fin entró en la universidad. Yo en cambio no he tenido día más feliz que aquel en el que al fin supe que estaba dentro. He aquí el momento justo en que entendí que me esperaba un camino largo y tortuoso. Yo versus la gran masa enardecida.

Probablemente cuando alguien se entera que usted estudia o estudió filosofía, acto seguido de la confirmación viene la típica pregunta ¿eso para qué sirve? Entonces es cuando uno dice a llorar que se perdió el tete. Si optas por la vía de explicar cómo la Filosofía es una herramienta imprescindible para el quehacer intelectual y científico del hombre y por ende de la sociedad, caería en lo que la gente llama “palabrería barata” o “teque” y pocos lo entenderían. Cubanamente hablando te harían el caso del perro. 

Al pensar en ese tipo de situaciones,  recuerdo aquella tarde cuando en plena ruta 27 repleta de gente, le comenté a una amiga que había entrado y ella sin filtro alguno me dijo  -¿Pero tú quieres esa carrera para cambiarte en primer año verdad? Les juro que solo quería gritar – ¡Chofe parada que me quedo en esta!, pero osadamente respondí  –Pues no, quiero graduarme. Su cara era un poema  y mi respuesta casi una ofensa a la moral, sin tapujos arremetió diciéndome  – niña pero ¿por qué’?,  ¿tú no ves que eso no tiene campo?? –me decía insultada- hazte contadora, abogada, ingeniera, ¡pero filósofa!, que va esa gente están todas locas. He aquí el primer calificativo que asumí debería escuchar muchas veces repetidas por el resto de los siglos, de los siglos… amén. 

Increíblemente para el 80%  de los cubanos –así  a ojo de buen cubero– ser un filósofo, o como mucha gente me ha dicho un filosofo (sin tilde y con cadencia enfática en la segunda o), es sinónimo de desequilibrio mental. En el fondo hasta los entiendo, porque en este país lleno de coyunturas, de verdad que hay que tener su ligero tueste para dedicarse al acto de pensar, así de forma natural y espontánea, peor aún si usted aspira a tener o tiene un papelito que lo avale.  ¿Quién me dijo a mi ciudadana subdesarrollada que tenía ese derecho? Siendo consecuente y con el maldito marabú circundando por todas partes lo realmente necesario fuera coger machete en mano y arremeter contra esa plaga desde el cabo de San Antonio hasta la punta de Maisí. 

marx

Small Talk por Evgeny Kazantsev

De igual manera pasa con aquellos que guardaron en el disco duro la falacia de que filosofía es igual a Marxismo, por ende igual a Marx-Engels-Lenin -lo asimilaron en ese orden y sin alteraciones, ojo las plequitas no se discuten. En este país la gente se quedó literalmente varada en aquellos libritos que venían del lugar donde hace mucho frío y se toma mucho vodka y de ellos compañeras y compañeros aprehendimos muchas cosas, pero eso ya es harina de otro costal. Por tanto no es casual que la gran mayoría de las personas al saber mi campo de estudio, se me acercan y me dicen -ven acá, ¿cómo funcionan las leyes de la dialéctica? ¿Por fin la lucha de contrarios? ¿Ya llegamos al comunismo? Entonces uno que cursó ocho semestres de Historia de la Filosofía y  que aprendió y aprehendió (ambas dos inclusive y que me disculpe la Real Academia de la Lengua Española) el marxismo desde una perspectiva histórica y crítica, no sabe en ese justo instante, si cortarse las venas o dejárselas largas. 

Quizás debería actuar caritativamente y alfabetizar penas ajenas y hacer una especie de mapeo del marxismo, para que el interlocutor entienda la complejidad de autores y teorías que problematizan entre sí con auténtica heterogeneidad. Sin embargo opto por comentarles así llanamente, que no entiendo de qué está hablando. En realidad, aunque lo hago como táctica infalible para salir del paso, no lo entiendo, porque esa conceptualización responde a una postura tan dogmática y acrítica, que se sale de los marcos de la intelectual orgánica, gramscianamente hablando, a la que aspiro a ser. Sin ser pedante, porque con el loca ya es suficiente sutilmente doy  un home run con las bases llenas con mi as bajo la manga, la señorita judía, la mismísima Rosa Luxemburgo. Ante ellos se descubre una figura tan marxista  y revolucionaria y a la vez tan desconocida que olvidan las leyes, las luchas, las clases y el copón divino. ¡Muerto el perro se acabó la rabia! Moraleja: queridos amiguitos hay determinadas batallas en esta vida que no se deben luchar.

En el argot popular, aun no sé por qué, se le asocia al filósofo como alguien etéreo, tanto que la mayoría de la gente no tiene la menor idea de en qué podría trabajar. Está claro que no es una ciencia técnica con aplicación concreta en proyectos concretos para la realización de obras… concretas, pero tampoco somos Diógenes viviendo en un barril de madera en pleno siglo XXI. Por eso me molesta -y lo digo abiertamente- cuando me preguntan  asombrados – ¿en que tú trabajas? A lo  que siempre respondo –Bueno soy profesora de la universidad, ojo  yo aún no me lo creo. He de decir que aquí caen como moscas al pastel el 90% de mis dialogantes, y como reacción en cadena asumen –claro es una carrera para dar clases-. Si bien me encabrona el hecho de la cosmovisión simplista del marxismo, más me molesta aún el mito popular en pensar que es una profesión eminentemente docente. No lo niego, entrar en las aulas universitarias y romperles el prejuicio a los muchachos tiene su gracia, mas no se reduce a ella el quehacer nuestro. Señores también investigamos, escribimos, hacemos asesorías, incluso podemos cuajar perfectamente en proyectos de investigación de ciencias en general. Quizás por ello no sea casual que seamos los filósofos los encargados de desarrollar los cursos y proyectos de investigación sobre Ciencia Tecnología y Sociedad en este país.

De igual manera se encuentran  aquellos individuos o individuas (o simplemente individues para aquellos que andan en el rollo de lenguaje inclusivo),  que tomaron literal la idea de que filosofía es la madre de todas las ciencias, porque es amor a la sabiduría -más empalagoso imposible-. Compañeros y compañeras tampoco así, incluso nuestra petulancia gremial, no nos da para tanto. De vez en cuando hemos de ponerle coto al ego, de ser así tan textual se han preguntado ¿que sería un filósofo? , pues un ser de otro mundo, algo así como la personificación de la substancia de Spinoza en colaboración especial con la cosa en sí kantiana. Definitivamente seríamos seres con capacidades cognoscitivas supremas, los Zeus de la tierra.

Lo que sí somos, y de ahí no nos saca nadie, es del cartelito de muertos de hambre. Desde el razonamiento de la multitud, los filósofos no producimos, en pesos pesisímos (como decía una profesora mía), contantes y sonantes, las ideas amigos míos en estado puro y sin mano de obra asalariada que las conviertan en mercancías no generan capital. Tristemente desde el imaginario popular no producimos nada. No importa si usted dedicó años de su vida una investigación sobre el inconsciente freudiano, o intentó hacer una reinterpretación del eterno retorno nietzscheano, pues ante los ojos del resto no aportó -en pesos pesisímos – nada. A fin de cuentas –dirían- la economía de un país puede prescindir de tales “Re-descubrimientos”.

Entonces ¿Qué somos? Valdría la pena preguntar, bueno en este caso preguntarme, en primera persona del singular del tiempo presente del modo indicativo. Pues somos personas normales comunes y corrientes, ni Dioses del olimpo, ni el non plus ultra del conocimiento. Somos seres con carencias y lagunas como los simples mortales que somos. A veces marxistas, otras no tanto, eso sí siempre dialécticos, pero no desde esa ley abusada que alguien institucionalizó, sino desde aquella idea de Heráclito que decía que nadie se baña dos veces en el mismo río. ¿Qué si somos arrogantes? Pues sí, la mayor parte del tiempo, quizás por el orgullo de gremio pues de nuestro lado descansa toda la tradición del pensamiento occidental y del no occidental también he de decir. ¿Qué estamos locos?, pues sí un poco, orgullosamente desequilibrados, más no siempre etéreos. Un filósofo puede vivir con los pies en la tierra y la cabeza en las nubes con una facilidad espantosa, la profesión nos dio ese don, pero siempre con esa capacidad de cuestionarlo todo, he aquí el asunto. Puede que no tengamos siempre las respuestas, sin embargo siempre valen la pena nuestras preguntas.

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Licenciada en Filosofía

Licenciada en Filosofía en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Actualmente profesora adiestrada de Filosofía y Sociedad y Problemas Sociales de la Ciencia y la Tecnología en el Departamento de Filosofía para las Ciencias Naturales y Exactas de la Universidad de la Habana. [...]