Reclusiones (1)*

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Psicoanálisis

Comienzo hoy una serie de reflexiones sobre el confinamiento. No pretendo escribir un diario, género que jamás he practicado, ni tampoco ofrecer un testimonio sobre mi experiencia singular, pese a que quedará reflejada en todo lo que exprese. Como lo dije en más de una ocasión, no hay escritura alguna que no lleve la marca autobiográfica. No tanto la de los acontecimientos históricos de cada uno, sino la huella más íntima y secreta de nuestro inconsciente. Intentaré, pues, referirme a algunas de las distintas modalidades del encierro.

La experiencia concentracionaria es relativamente nueva en la historia. Según los ensayistas que se han ocupado de este tema, el primer campo de concentración del que se tenga constancia data de 1890 y fue instalado por el imperio español en Cuba para sofocar una rebelión. Hannah Arendt afirmó que el invento formaba parte de la estructura del colonialismo y que la Alemania nazi lo transportó desde sus colonias a Europa hasta convertirlo en la maquinaria básica del Holocausto. Hay una creencia bastante extendida de que los campos de concentración solo han existido y siguen existiendo en los países totalitarios. Andrea Pitzer escribió “One long night” (“Una larga noche”), un ensayo histórico sobre el campo de concentración, en el que revisa con gran detalle los terribles ejemplos que continúan hasta nuestros días y que forman parte también de la política de los estados supuestamente democráticos. El libro de Pitzer está documentado con gran minuciosidad, aunque la forma generalizada en la que emplea el concepto de “campo de concentración” es objeto de numerosas críticas. El Gulag soviético y el Lager alemán no pueden equipararse a los centros de confinamiento de inmigrantes ilegales creados por Trump. La inaudita crueldad desplegada por la administración estadounidense (al igual que la que se llevó a cabo con los ciudadanos americanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial) está fuera de todo cuestionamiento, pero no obstante muchos estudiosos (cuya opinión comparto) consideran que ampliar de manera indiscriminada el concepto de campo de concentración es una operación peligrosa desde el punto de vista epistémico y político. Las palabras, cuando se las emplea a diestra y siniestra (como la inquietante y cada vez más extendida costumbre de calificar como “nazi” cualquier discurso que pueda molestar a quien lo juzga), pierden su potencia, se desgastan y corren el riesgo de volverse inocuas.

No obstante, y manteniendo las diferencias que sin duda no son tan fáciles de definir, existen algunos elementos comunes a todas las modalidades de confinamiento forzoso motivadas por razones de segregación política, racial, bélica y otras diversas formas de persecución. El estatuto más primario de la subjetividad es el de objeto. Somos objetos de un deseo que ha precedido nuestra existencia, somos objetos de cuidados y de amor, pero también objetos del capricho del otro, que puede convertirnos en juguetes o desechos de una voluntad perversa. Freud señaló esto último en muchos lugares de su obra, pero fue rotundo es su libro “El malestar en la cultura”, donde bajo la inspiración de Hobbes escribió que el hombre puede, en ciertas circunstancias, volverse una bestia salvaje capaz de convertir a su prójimo en un objeto al que humillar, maltratar, martirizar y asesinar. La deshumanización del semejante no es una enfermedad que se apodera de los seres humanos como si se tratase de una infección. Es una posibilidad siempre latente, que puede transformar a un individuo en apariencia inofensivo (portador asintomático) en cómplice activo de una monstruosa alienación. De allí que lo que pudiera parecer inconcebible solo necesita de un determinado discurso en ciertas condiciones históricas para engendrar algo que, más allá de la eliminación física del semejante, busca su absoluta degradación. Por desgracia, nada de todo esto nos resulta nuevo. Sí lo es el hecho de que mientras en el pasado los dispositivos concentracionarios mantenían un carácter más o menos secreto, en la actualidad son perfectamente conocidos por la opinión pública, que observa muchas veces su existencia desde una posición indiferente, cómplice, o directamente aprobatoria. Pero lo más temible es que la transparencia de la información se neutralice mediante la anestesia de nuestros sentidos. Nadie puede soportar una sobredosis de verdad sin generar una respuesta inmunológica que acaba por deshumanizarnos silenciosamente, casi sin darnos cuenta.

*Publicado en el perfil de Facebook del autor quien tuvo la cortesía de permitir compartirlo en SicologíaSinP

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SicologiaSinP.com - Gustavo Dessal

Psicoanalista y Escritor

Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Docente del Instituto del Campo Freudiano en España. Profesor itinerante en Argentina, Bolivia, Brasil, USA, Italia, Francia, Inglaterra, Irlanda, Polonia. Ha escrito libros de psicoanálisis y también de ficción. Reside en Madrid desde 1982. [...]

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