Igualdad de género y relaciones de pareja en el siglo XXI. ¿Utopía o viabilidad?

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Social

«El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, 

no escapar de sí misma sino encontrarse, 

no humillarse sino afirmarse, 

ese día el amor será para ella, como para el hombre, 

fuente de vida y no un peligro mortal».

(Simone de Beauvoir)

A veces en la vida nada resulta tan complicado como el intento de mantener la consecuencia con el propio ser. Establecer y equilibrar armónicamente el ser y el querer ser con la realidad circundante y/o las circunstancias y episodios de los que la vida-y nosotros mismos- nos hace partícipes, no siempre es tan casual o tan factible como quisiéramos.

Históricamente hablando, en las relaciones románticas y su comportamiento típico, el hombre ha cortejado y “ganado” o “se ha quedado” a la mujer. Esta poderosa tradición binaria, acompañada de tendencias como pagar la cuenta, o ser el principal proveedor en la familia y la voz dominante en la misma, identifica al hombre como iniciador-directivo, dejando a la mujer en un segundo plano de dominada, dócil, receptora-cuidadora. De igual manera, en las últimas décadas este binarismo ha dado un ligero cambio fundamentalmente en las sociedades modernas donde ya son palpables los ejemplos de mujeres conquistando “espacios masculinos”, dígase con profesiones de poder, acceso a educación universitaria y libertades sexuales.

Ahora bien ¿dicho cambio hasta dónde y cuándo es tangible? ¿Con que frecuencia, familiaridad o naturalidad podemos experimentarlo? ¿En qué áreas de la vida diaria, profesional y personal, y sobre todo, para que tipo de mujeres este fenómeno aún permanece invisible y/o inalcanzable?

¿Cómo todo aquello, entre ideologías, estereotipos y arquetipos pre concebidos, mitos y “deber ser” asignados, afecta al romance? ¿Cómo entretejer una relación de pareja y mantener la empatía y armonía en la misma dada la popular e infortunada concepción de que las feministas o bien odian a los hombres, son neuróticas y de demasiadas ideas u opiniones, muy fuertes de carácter o bien lesbianas? No en vano tantas personas perciben la igualdad de género como un estorbo u obstáculo incompatible con las relaciones románticas.

Si analizamos la evidencia, tradicionalmente el objetivo primordial de las mujeres, y el único que a través de la historia le ha dado cierto status, ha sido casarse, encontrar, finalmente, a un compañero que las “represente”-es que imagínese lector, solas no podríamos representarnos, que no lo permita Dios-. Pese a este camino y objetivo cúspide asignado al deber ser femenino, no puedo evitar preguntarme: ¿qué sucede entonces cuando el amor, el romance, la plenitud en la vida íntima, el matrimonio y los hijos, a diferencia de lo aprehendido, no lo conquista todo? ¿Qué sucede cuando todo esto simplemente no es suficiente?

Mientras el movimiento por la igualdad de género, las ciencias sociales, el feminismo y la lucha contra la violencia de género han cambiado algunas percepciones y ganado notables espacios, los guiones culturales relativos al romance siguen recortando y encasillando los roles y espacios públicos y privados de la mujer. Estos estandartes tradicionales, en última instancia, dan al traste con la frustración femenina y su habilidad para expresarse  en tanto conlleva a la renuncia del control y/o represión de ciertas acciones y actitudes muy mal vistas en una “dama”.

Añadido a dichos patrones culturales, y como reflejo de estos, la mujer se ve sometida a diversas formas de micromachismos. Dígase aquellos que naturalizan su trabajo en el ámbito doméstico o de servicios; aquellos que coartan sus deseos a través de la manipulación ya sea emocional o psicológica; o aquellos de tipo coercitivo mediante el uso de poder económico, físico y/o psíquico limitando o restringiendo la capacidad de decisión e invadiendo espacios y preferencias personales; o aquel ejercido a través del silencio como forma de violencia. ¿Limita esto la voluntad de la mujer y su habilidad para buscar igualdad en su relación de pareja? Analicemos, dicha igualdad ¿causa problemas en una relación romántica? ¿Qué sucede cuando una pareja se aleja, o bien modifica o personaliza los roles tradicionales de familia?

En efecto ¿no sería más satisfactorio y saludable si ambos compartieran voz y voto; si ambos colaboraran en las mismas responsabilidades en un espacio armónico donde se respeten ambas preferencias y los roles asignados debido al sexo no sean un denominador a la hora de establecer tareas?

El rol dominante del hombre en las relaciones se traduce -y es reflejo a su vez- en problemas de más amplia gama a nivel social en tanto naturaliza la cultura de la violencia. Es complicado des-aprehender lo que hemos asimilado como “normal”, y este fenómeno que se nos presenta tan cotidiano y harto repetitivo es, irrefutablemente, parte de nuestra “normalidad”. Sería válido revisar las construcciones culturales de las que hemos sido sujeto, nuestros ejes conceptuales, cómo estos toman rienda de nuestras vidas (no siempre para mejor), la estructuración de jerarquías bajo la cual vivimos y nuestras miradas y actitudes hacia lo “diferente”.

Deconstruyendo la “normalidad” y naturalización del sexismo

Aún cuando el sexismo es uno de los problemas más significativos que enfrenta una mujer a lo largo de su vida, el número de estas que reciben educación e información acerca del mismo es muy limitado e impide el reconocimiento de determinados patrones de conducta y/o comportamientos opresivos. Siendo las relaciones de pareja uno de los ámbitos más vulnerables y delicados, reconocer y abordar el impacto del sexismo sistemático en una pareja puede resultar una batalla cuesta arriba, especialmente con la tendencia de siempre culpar la mujer por disputas o discrepancias cuando las opiniones de ella no se corresponden con las de él. Esto demuestra una vez que los argumentos y querellas y su correspondiente desenlace -dígase relativos a las finanzas, trabajo en el hogar, cuidado de los niños, expectaciones- están profundamente asentados sobre una cultura de supremacía masculina.

Aquello, sumado a la profunda falta de marcos de referencia intelectual y teórica hacen más difícil para la mujer identificar y verbalizar cuando está siendo objeto o blanco en una relación sexista. Cuando no se tienen estas herramientas, la credibilidad se resiente. Uno de los efectos más comunes del sexismo en la mayoría de los casos, es la desigualdad de ingresos ¿por qué generan las mujeres menos ingresos? ¿Qué podrían hacer para balancear la distribución de bienes en la relación si ambos comparten gastos comunes? Sin embargo, en el esfuerzo por el logro de la igualdad supone una presión generada sobre la mujer y su intento en participar a la par de su compañero independientemente de su inferior ingreso monetario.

Por otra parte, incluso para aquellas mujeres que reconocen e identifican conductas sexistas, se hace difícil indicarlas y/o tratar de cambiarlas sin ser tildadas de “equivocadas”, “fastidiosas” “siempre molestas e inconformes”, o las tan absurda excusas de “las relaciones funcionan así”, “el compromiso es así y requiere esto y aquello”, “por qué lo haces todo tan difícil o complicado”.

Eliminar con éxito estos patrones y recrear una relación más justa desde otros conceptos más inclusivos e igualitarios, alejados de supremacías y comportamientos típicos del patriarcado, en mi humilde opinión, es una batalla que bien vale nuestro tiempo, esfuerzo, inteligencia y educación relativa al privilegio del hombre y la dominación derivada de esto. Dicho esto, debo agregar que al abordar el tema del sexismo con nuestra pareja también debemos elegir un lenguaje presto al buen entendimiento en aras de que el otro tenga una recepción positiva. Mostrarse defensiva, dolida o como víctima lejos de contribuir, solo devendrá en problemas o complicaciones paralelas.

Nótese que en muchos casos los hombres no son conscientes de sus privilegios de macho o de sus comportamientos sexistas. Desde la misma posición de poder y fuerza, y haciendo al otro entender que “el hombre” no es el problema, sino el basamento cultural que hemos heredado, y desde un aprendizaje multidisciplinario y aplicado a prácticas cotidianas, intercambios más sanos y un pleno entendimiento son viables. ¿No sería placentero construir ambos un espacio libre de frustraciones, dominación, castas y “tareas pre asignadas”?

Lejos de debilitar el romance, la igualdad de género en las relaciones de pareja, en última instancia, establece las bases para una consiguiente satisfacción y un intercambio más factible. Pareciera una quimera o utopía pero la puesta en práctica de estas tendencias “aún no convencionales” en un compromiso recíproco, con la suficiente confianza, respeto mutuo y paciencia, pudiera generar beneficios múltiples para ambos y como consecuencia traducirse en vivencias y experiencias de vida íntima más enriquecedoras, justas y libres favoreciendo el bienestar de ambos.

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