¿Cómo ganar tu corazón?

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Historias

Cuando te conocí ya eras habitual en las vidas de muchos colegas. Desde que me viste te pusiste seria: “otra vez la muela, ya han hablado mucho conmigo” me dijiste con tono de regaño. Recién comenzaba a trabajar, había lidiado poco con niños pequeños, casi nada con adolescentes, mucho menos con jovencitas con ideas tan claras. Vi mi autoridad socavada, me sentí desorientada e improvisé una historia. La recibiste con mirada atenta y ya no tan seria.

Comencé a preguntarme cómo ganar tu corazón. Cómo hacerte entender la importancia de cuidar tu salud y prestarles atención a las indicaciones de tus médicos. Cómo desarmar tu rebeldía, cómo vivir.

Conocías tu condición mejor que doctores y enfermeras, me describías con facilidad impresionante qué era un ventrículo izquierdo, una Tetralogía de Fallot o una válvula tricúspide. Quedé impactada con tu sapiencia, con tantas horas dedicadas a entender. Estaba ahí para darte orientación y consejo, pero… ¿qué te iba a contar de nuevo?  La vida te había dado una lección desde las primeras horas de vida. Cardiopatía congénita, le llamaron. Tu corazón no era como los de otros niños, afirmaron y comprobé que era cierto. Me mostraste tu corazón desnudo, más grande que el del resto, quizás porque el tuyo guardaba tanto amor, tanta aceptación, tanto cariño.

Un día te encontré desanimada. Había muchos médicos pendientes de ti. Tu familia te protegía, quizás demasiado, querían disfrutar de tu alegría siempre. Te me hiciste más pequeña de pronto, más infanta. Te resguardaste en ti misma y no querías colaborar con nadie. “No quiero caminar, me canso mucho” “no me hace falta el sol, así estoy bien” “no quiero dejar de comer lo que me gusta” “aquí dentro me aburro mucho, quiero irme a casa” se hicieron tus lemas.  Te dije la histórica frase “aquí no se rinde nadie” y reíste de mi ocurrencia. Te aconsejé al borde de tu cama, dos horas todos los días y poco a poco el sol empezó a importante un poco más.

Los médicos decidieron darte una vista privilegiada, habías mejorado y ya no hacía falta que estuvieras en terapia. Ahora, desde la sala de recuperación podías ver mejor el ir y venir por la avenida lateral del hospital. Podías conversar con otros niños de corazón grande y trasmitirle tu seguridad recién recobrada. No te miento: ahora disfrutaba más de tu presencia, de tu compañía, seguías teniendo el corazón grande, pero la sonrisa más dispuesta. Quería pensar que era gracias a mí, todavía quiero pensarlo.

Te empezaste a ser habitual en mi vida, como en la de mis colegas, entrabas y salías siempre sonriendo. Ahora siempre me “aguantabas la muela” compartías todo, confiabas en mí y me esperabas.

Empecé a considerarte eterna, a pesar del pronóstico, de lo que todos sabíamos, a pesar de que tu cuerpo no era el mismo, tu piel cambiaba de color y te cansabas más. Sin embargo, tu risa nunca se fue, ¿cómo iba a creerlo?

Amanecí un día con un regalo tuyo: una foto “de cuando todo estaba mejor”. Me pediste que la guardara ¿cómo no hacerlo? En ella sonreías muy grande, tus ojos se achinaban. Estabas arreglada y muy bonita. “Es la foto que le regala a todo el mundo”, dijo tu madre y yo me sentí incluida: parte de una comunidad, parte importante de tu vida.

Tu estancia en el hospital se acercó a su fin un día. Todos te despedimos ilusionados. Te extrañaríamos, pero era indicio de que estabas bien, realmente bien y nos alegramos tanto. Mantuvimos el contacto por teléfono, las promesas de volver a tener esas largas conversaciones que te hacían sentir mejor.

Te vi por última vez en mi consulta, habías regresado a utilizar tu silla de ruedas: el cansancio te podía. Te veías bien, saludabas a todos e ibas dando instrucciones y direcciones a tu mamá. No dejaste de visitar a nadie, trabajadores y pacientes recibían por igual tu gesto de saludo y tu tímida sonrisa. Cuando me viste tu sonrisa se ensanchó. Me dijiste desde la confianza que tú misma te dispensaste: “doctora, ya no me dedica tanto tiempo como antes”, pero tu tono no era de reproche. Te tomé de la mano y me senté a tu lado. Te debía un abrazo, pero era importante mantener los roles. No te lo di. Me despedí sin dártelo, manteniendo el formalismo que debemos siempre.

A la mañana siguiente tu familia llamó al hospital: habías fallecido. Ya no estabas. Requirió todo mi entrenamiento y un poco más para que no llorara, para que mantuviera mi rol y lograra encontrar las palabras que de mi esperaban. Era mi primera vez lidiando con un paciente fallecido. También eras más, eras una persona especial. Recordé tu foto, tu sonrisa, ahora inmortalizada.  Entendí entonces que formarás parte de mi vida y de la de todos los que tocaste con tu sonrisa. Viniste marcada al mundo, tu corazón era muy grande, quizás por eso cabíamos en él todos nosotros. Por eso cuando dejó de funcionar y tu cuerpo descansó del tedio, los medicamentos y las molestias físicas, te viniste a alojar toda sonrisas en nuestros corazones y en nuestro recuerdo.

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