Qué cierto es que el afecto, es el efecto de las palabras

El efecto de las palabras

Arte Y Mente, Psicoanálisis

Las espero y repentinamente una viene, de quién sabe dónde, con toda la potencia de donde salió, del vacío que la engendró y su potencia me destierra y me exilia de un silencio que a veces es mucho, que no se abriría si ella no fuera su llave. Ahí lo descubro.

Amo las palabras llave. Amo esas palabras que me conquistan de gloria por un instante porque en ellas explota mi ser. Y cuando nos encontramos, la palabra y yo, a veces lloro de emoción, cuando es sorpresa intangible su hallazgo y me devuelve la incertidumbre que estaba agazapada esperando dar un salto.

A veces, la palabra es la ausente, lejos, está ausente, no desaparecida. A esa también admiro, porque entiende que hay momentos que tiene que ser ausencia y ella se sabe correr como buena dama, que no da entrar en el medio, porque como dice otra amiga si necesitamos decir, que las palabras conserven el aire y que no aplaste nunca la entrelínea. Esto lo dice mi amiga Clarice.

Porque hay palabras que te afectan, ¿viste? Y te taladran la cabeza sin aire. Son las que vienen de esa sintaxis de carro motor nazi, vienen a aniquilarte, vienen tan dueñas de sí que te apabullan de ser ciertas y creídas.

Están las que, en su estética, parecen prescindir de las relaciones. Sin relación te encuentran y solo un nombre alcanza. Son las que nombran al amado, por ejemplo.

Están las inteligentes, que en su afán de decir más van a buscar el modo y son expertas en encontrar los andamiajes perfectos para llegar. Uno se sube en ellas como en el tren de las nubes y va pasando de uno a otro con una suavidad increíble; son las que hacen poema.

Qué fuleras son las vendidas. Las palabras vendidas son horribles. No te dicen nada y creen abarcarlo todo. Son las melosas, las agrandadas, las que portan una forma que nunca llega a ser estética. De ellas me alejo. De las palabras de memoria también. Hay palabras que hablan de memoria como si no estuvieran felices de volver a encontrarse juntas y juntas estuvieran ligadas a decirse sin modificar ni un ápice su lugar.

¡Qué aburridas! Ésas tampoco me encuentran.

A mí me gustan las palabras que arriesgan. Las que dislocan su lugar y que pueden en el pie hablar de la cabeza, las que en una mirada te embellecen, las que en los dedos te pintan, las que al balbucear te atrapan, las que indefinidas buscan y se saben otras heridas de inhallazgos profundos confían y siguen.

Me gusta cuando las palabras me saludan con exclamación o cuando el deseo no entra en una letra y se tienen que repetir en varias para hacerse lugar.

Hay palabras que extranjeras saludan al llegar, uno no las espera, pero…Adelante. Otras vienen a las piñas y uno lee que alguien se dirige a uno sin un hola, qué tal. No entiendo llegar así. A mí me gusta que me lleguen de la mano. Cuando una palabra se me impone en la pantalla o en el teléfono, sin acercarse despacito, me re-tumba. Me calla. Me ensordece.

Me gustan las palabras-puente, ésas que dejan pasar por debajo y yo allí transcurro hecha agua hasta que alguna me alcanza, consistencia amable y me devuelve arriba, para encontrarme a jugar con otras. Me dejan cuando quiero volver a bajar y seguir en las aguas, a nada.

A todas ustedes les agradezco porque en sus trazos vivo, en sus trazos amo y sueño, pienso y descanso. En sus trazas huyo y me desnudo y en ustedes, me devuelvo.

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Licenciada en Psicología

Psicoanalista. Miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Imparte seminarios en nombre propio. Escribe poesía y prosa poética. Autora del libro “Conjugadas” [...]

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