¿Cuáles son los factores que condicionan un cambio de actitud y crecimiento personal?

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Psicología Clínica

Este artículo tiene un objetivo fundamental: invitar a los lectores al análisis de los factores bio-psico-socio-culturales y espirituales que condicionan un cambio de actitud con respecto al mundo circundante, al otro o no yo y a nosotros mismos. Si es que, en realidad, deseamos favorecer nuestro crecimiento personal.

El Diccionario de la Real Academia Española registra el cambio como acción de cambiar; modificación que resulta de ello, mientras que la actitud deviene disposición de ánimo manifestada exteriormente. La génesis del  cambio de actitud tiene lugar —sin ningún género de duda—  en el mundo interior de la persona que decide materializarlo en la praxis.

No es posible hablar de los complejos mecanismos generadores del cambio de actitud, que —cuando es verdaderamente auténtico— le proporciona un giro de 180 grados a nuestra manera de pensar, sentir y actuar. Las tres grandes esferas en que se estructura la personalidad humana sin antes hacer la caracterización conceptual de los vocablos hombre y cultura.

Según las concepciones sustentadas por la psicología humanista, el hombre es un ser inacabado e inacabable, imperfecto pero perfectible, que integra en una unidad viviente todas sus dimensiones esencialmente humanas. O con otras palabras, los componentes físicos, psíquicos, socio-culturales y espirituales que lo configuran.

La Dra. Elizabeth Kübler-Ross  estima «que el ser humano está constituido por cuatro cuadrantes fundamentales: el físico, el  emotivo, el intelectual y el espiritual». Cuadrantes que —desde el  nacimiento hasta el fin de la existencia terrenal— se desarrollan gradual y progresivamente y establecen entre sí una relación íntima y estrecha.

En resumen, el hombre es un ser bio-psico-socio-espiritual que despliega sus potencialidades (tanto las innatas como las adquiridas mediante el aprendizaje), en un determinado contexto cultural.

La literatura especializada define la cultura como «el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que identifican a una sociedad o grupo social […] El término cultura engloba, además, modos de vida, ceremonias, arte, invenciones, tecnología, sistemas de valores, derechos fundamentales del ser humano, tradiciones y creencias. A través de la cultura se expresa el hombre, toma conciencia de sí mismo, cuestiona sus realizaciones, busca nuevos significados y crea obras que lo trascienden».

Desde otra perspectiva, la cultura es el conjunto de bienes materiales y espirituales creados por la inteligencia y la sensibilidad estética del soberano de la creación en su constante devenir socio-histórico, y por ende, patrimonio exclusivo de la humanidad. De acuerdo con esa definición, hombre y cultura integran una unidad indivisible.

Una vez ubicados en ese contexto filosófico, teórico-conceptual y ético-humanista (cuyo conocimiento es requisito indispensable, para entender por qué el soberano de la creación decide cambiar de actitud en un momento determinado de su vida), sería oportuno preguntar:

¿Qué función desempeña la estructura socio-cultural en el proceso de racionalización, interiorización e incorporación de ese cambio de actitud al estilo de vida y de afrontamiento de la persona?

¿Y si aquél responde o no a las más genuinas motivaciones de quién ha de protagonizar el cambio?

El hombre —al parecer— no puede sustraerse a la influencia determinante de la cultura. De ahí que sus reacciones y respuestas a los estímulos del medio (interno y externo) se hallan mediatizadas por la programación socio-cultural, que influye en el complejo proceso de formación y estructuración de la personalidad. Por consiguiente, deja una huella indeleble en la mente y en el alma del sujeto, pero no determina —necesariamente— su forma de pensar, sentir y comportarse en el entorno donde vive, ama, crea y sueña.

Al respecto, el psicólogo Ernesto Bolio estima que «el armónico desarrollo de la personalidad se encontraría dependiendo de factores orgánicos (carga genética), dinámico-familiares y sociales.  

Pero, ninguno de ellos aisladamente ni todos en convivencia pueden determinar nuestro desarrollo. Además de todos los factores circunstantes, estamos nosotros mismos, que somos el factor decisivo de nuestro desenvolvimiento, según lo que hemos presupuesto filosófica y antropogénicamente que es el hombre. Un ser […] en continua evolución hacia el progreso, el cual depende de nosotros mismos».

O sea, los cambios profundos fecundan en el floreciente jardín del espíritu humano, mientras que los cambios superficiales responden a intereses coyunturales o de otro tipo. Por ende, no perduran, ya que «no hay una modificación estructural del sistema nervioso (memoria) a escala biológica, [ni] una honda motivación [fiel reflejo de la esencia humana] a escala psicológica […]».

Por otro lado, defiendo el criterio de que es indispensable reunir una serie de requisitos mínimos, para poder adoptar decisiones libres y soberanas, que impliquen un genuino cambio de actitud. Llevarlas a la práctica y responsabilizarnos ante los hombres y ante nosotros mismos con las consecuencias que de ellas pudieran derivarse…  desde todo punto de vista.

Pero ¿cuáles son —en apretada síntesis— dichos requisitos?

Salud psíquica y espiritual. Las bases de la salud psíquica y espiritual del homo sapiens habría que buscarlas en el centro mismo de la subjetividad humana, cuyo conocimiento nos abre al amor, al perdón, a la solidaridad con el otro, así como a cualquier noble sentimiento que enaltezca la dignidad del hombre. Y descansan sobre cuatro sólidos pilares: autoestima, autoapoyo, autorreconocimiento y autorrealización.

Personalidad madura. Caracterizada —básicamente— por la búsqueda de un constante mejoramiento personal, para crecer desde los puntos de vista intelectual, humano y espiritual.

Una dosis inagotable de fe y esperanza, cuyas luces jamás podremos apagar, porque si lo hacemos nunca podremos ver el amanecer. Y un gigantesco espíritu de sacrificio, para afrontar toda suerte de incomprensiones, sufrimientos o calamidades que pudieran acarrearnos nuestras decisiones maduras y responsables.

Racionalizar, interiorizar e incorporar a nuestro diario quehacer el mensaje ético-humanista que estamos en la obligación de llevar a la  práctica:

Los hombres debemos ser amigos y hacernos el bien mutuamente, porque sólo cuando seamos capaces de ser amigos y de ayudarnos fraternalmente, nuestro corazón experimentará alegría y paz. Sólo cuando nuestro corazón experimente alegría y paz en abundancia, estaremos preparados psicológica y espiritualmente para adoptar decisiones libres y soberanas, que traigan aparejados cambios trascendentes que nos conviertan en mejores personas.

¿Se decide, estimado lector, a emprender ese cambio de actitud para favorecer, no sólo nuestro crecimiento personal, sino también el de los integrantes de la población insular, así como el de los miembros de la sociedad humana contemporánea?

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SicologiaSinP.com - Jesús Dueñas

Doctor en Pedagogía

Maestro Normalista y Doctor en Pedagogía. Profesor de Metodología de la Investigación. Dedicado a la docencia médica de pre y posgrado, así como a la enseñanza del Psicodiagnóstico Rorschach y a la investigación clínica con apoyo en los hallazgos de ese método de investigación de la personalidad, científica y artísticamente diseñado por el genial psiquiatra suizo Hermann Rorschach. Es Socio Honorario de la Scuola Romana Rorschach y miembro fundador de la Sociedad Cubana de Rorschach, miembro de la Asociación Internacional de Psicogeriatría, con sede en Illionis, Estados Unidos, miembro ttitular de la Sociedad Cubana de Psicología de la Salud y numerario de la Sociedad Cubana de Psicología y de la Asociación de Pedagogos de Cuba. Dedicado a la crítica artístico-literaria y el periodismo cultural en varios medios nacionales de prensa. Es miembro del Consejo Internacional de la Danza (CID-UNESCO), de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y de la Comisión de Prensa de la Asociación Cubana de Naciones Unidas. Autor de los libros "La danza vista por un psicólogo" y "La danza vista por un crítico teatral". [...]

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