Madre e hija, simbiosis perfecta

Thomas Benjamin Kennington (1856-1916) - Mother and daughter

Arte Y Mente

La inocente criatura yace a su lado desde el comienzo de su vida. Pasarla junto a ella con toda la delicadeza que le es inherente, le da seguridad. A mamá le place tenerla muy cerquita, le es tan familiar, es como si se mirase en el espejo. Es completamente inevitable no rozarla con las yemas de sus dedos, al tacto tan suaves, como el más caro de los terciopelos. Es una mera disculpa para acariciarse a sí misma.

Se despierta asustada al filo del alba. La pequeña llora… Suele ser un llanto ahogado sin gemidos estridentes, pero cargado de una vibrante emoción que solo la madre, es capaz de percibir al instante. Lo que alerta a la madre no es el sonido de ese llanto… es una agitación creciente en el diafragma de la niña: la percibe como si se le estuviera yendo la vida… La madre sabe que es la persona mas cercana, la “única” que puede darle los primeros auxilios y salvarla. De ella depende por entero. Asi suelen ser los niños de todos. El llanto es su lenguaje, es la forma que tienen de pedir auxilio! Hay que estar muy, pero que muy atento a escucharlo. El llanto es su pasaporte a la supervivencia, la conducta más adaptativa evolutivamente hablando.

Para una madre no existe nada que le pueda destrozar más el corazon que ver a su pequeña niña sufrir. Por eso de inmediato, procede a atenderla con esmero. Primero, se encarga de secarle las lágrimas heladas que resbalan por sus pómulos redondeados. Mirándola como solo ella sabe, con ese halo de ternura que suele esconderse en los insondables pozos marrones de sus ojos, intenta descifrar cuál es, por enésima vez la causa de su agitación. Contempla el rostro de la criaturita en un ritual sagrado que ha practicado desde siempre. La niña se siente reconfortada. Ha conseguido la atención de mamá. Ambas sonríen. La cría tiene quizás los labios mas rellenitos que los de su madre. Son unos morricos que llaman a besarlos. Aquél que los mira, siente la compulsión de querer acercarse a su boca y fundirse ahí hasta que se acabe el universo. Ellas aman los besos y las dulces palabras, su trato es impecable. Todas las acciones de mamá satisfacen las necesidades de la niña. Una vive en función de la otra. Esa cría en particular, es una entidad privilegiada, tiene la fortuna de estar a cargo de “La madre” por antonomasia. Su instinto materno vive a flor de piel. Por alguna extraña razon, todos se sienten tranquilos y amparados en su presencia.

La madre afirma que tiene un polluelo que anida justo en medio de su cuello, el mismo que cuando percibe que la niña llora, da aviso urgente: tiembla como un pichón de colibrí. Nada la pone más ansiosa que sentir a su niña gritar calladamente su nombre: Amparo, por favor. El llamado de la sangre que al ser atendido con diligencia, está garantizando la perpetuación de su especie. Por eso, en el cuidado de su niña se le va la vida (entera). La madre la toma en brazos y la arrulla cantándole la nana de la esperanza. Ella adora a su hija más que a cualquier otra persona y sabe que si no la secundase, sus vidas se derrumbarían como un castillo de arena ficticio ante la atónita mirada del horizonte. La niña se siente regocijada, en el calor de madre que la acoge nuevamente. Sus turgentes pechos están siempre dispuestos a ser su alimento y su refugio. Nada más anhelado que poder fundirse en esas dos dunas que conservan más fuego dentro, que toda las arena que hay en los desiertos de cristal de marte. La niña entre esos senos y al compás de la armoniosa voz que la apacigua, no adolece de nada. Ahora, madre llena la tina de agua tibia y agrega un oleo de melisa. La sumerge ahí sin perderla de vista ni por un instante. La niña cierra los ojos, se conecta con la realidad, el aquí y el ahora son su único norte. Cada parte de su ser se impregna de una tranquilidad infinita. La madre no cesa el contacto con su cría. Por su parte, ella siente que no podría estar jamás en mejores manos. Su corazón le dice que nadie en el mundo le podría proporcionar más dicha. Esos minutos que disfrutan madre e hija en esa simbiosis perfecta, hacen que la armonía se refleje en su imperturbabilidad. La madre es belleza pura, es la inspiración del poeta, los oídos del lector, la musa del pintor y el eterno consuelo de los afligidos.

Madre e hija, simbiosis perfecta

Cuidar a diario de su niña, la dota del corage necesario para lidiar con las turbulencias de la vida e inspirar a los demás a seguir por el camino cultivando la paciencia, la ternura y el amor. Desde su mas tierna infancia, la madre se dio cuenta que su “Niña Interior”, es y será la persona más importante que jamás conocerá. Su compañera incondicional de cuantas eventualidades se presenten…¿Y tú?… ¿cuidas con verdadero esmero tu niña (o) interior? … ¿A qué estas esperando?
Os invito a ejercer de vuestra propia madre.

Foto de portada: Mother and daughter – Thomas Benjamin Kennington (1856-1916)

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SicologiaSinP.com - Rita Aranyszív

Lic. en Psicología Clínica en la Facultad de Psicología de La U.C,C. (Universidad Católica de Colombia)

Dedicada a la terapia cognitivo conductual. Dirige el programa "Simbiosis Psicopoesía" en Acropolisradio.com, donde lleva a cabo un proyecto de educación afectiva por medio de el arte, la literatura y la música. Trabaja con la narrativa como ejercicio paleativo y con la escritura como terapia con mis pacientes y alumnos de ELE enseñanza del español como lengua extranjera on line. Realizadora del evento poético "En la piel del otro", de gran repercusión en las redes sociales, encaminado a visibilizar las enfermedades mentales, empatizar con el afectado y solidarizarse con el Otro. [...]

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