¿Qué es la fobia y cuáles son los tipos más comunes?

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Psicología Clínica

“Cuando tenía quince o diecisiete años tenía miedo de cruzar los puentes peatonales. En cuanto ponía un pie en el primer escalón sentía temblar mis piernas, las manos me sudaban y el corazón aceleraba su ritmo. Muchas veces crucé por el arroyo vehicular, sabía que podía atropellarme un bus o uno de los miles de automovilistas que siempre traen prisa en la ciudad. Tenía gefirofobia, miedo a los puentes”

El miedo es tan viejo como el mismo mundo, al igual que las fobias. La palabra fobia procede del griego “fobos” y significa miedo o temor. Pero es importante diferenciar a las fobias del miedo; el miedo es una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de peligro real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Según el conductismo, el miedo es algo aprendido. Asimismo, es una emoción adaptativa, la cual, por ejemplo, nos alerta frente a situaciones peligrosas, ayudándonos a ser cautos y a protegernos. En cambio, podríamos describir a la fobia como la manifestación patológica del miedo. Pero… ¿cuándo decimos que alguien sufre una fobia? Cuando experimenta un miedo excesivo e irracional frente a un objeto o situación, la persona reconoce que su temor es exagerado, pero no lo puede manejar.

Otro punto fundamental para definir la existencia de una fobia es la conducta evitativa que asume quien la sufre. La persona intenta no exponerse al objeto o situación temida y si se ve obligado a enfrentarlo, lo hace con un alto grado de malestar. Suelen experimentarse palpitaciones, temblores, falta de aire, etc.

Para llegar a realizar un diagnóstico de fobia hay que tener en cuenta el contexto. Por ejemplo: una persona que vive en la ciudad y siente un terror intenso frente a las serpientes, se desenvuelve sin problemas; sólo experimenta ansiedad en caso de concurrir a algún lugar donde pueda encontrarse próxima al mencionado reptil (zoológico, campo, selva, sierras, etc) En este caso no diagnosticamos una fobia, porque el estímulo de la serpiente resulta irrelevante para su vida cotidiana. Distinta es la situación de alguien que vive cerca de una montaña o de una jungla, por ejemplo, y también experimenta terror frente a las serpientes; en este caso sí interfiere con su rutina, generando ansiedad anticipatoria cada vez que sale a la calle o visita ciertos lugares en los que la probabilidad de encontrarse con un ofidio no es tan lejana. En un caso así podemos decir que está padeciendo una fobia, ya que el miedo interfiere y limita su vida.

Las clasificaciones antiguas indicaban a cada fobia con un nombre. Por ejemplo: “hidrofobia” (fobia al agua), “aerofobia” o “aviofobia” (fobia a volar), “claustrofobia” (temor a los encierros o lugares pequeños) y acrofobia (fobia a las alturas) entre las más conocidas. Pero encontramos otras, como la “belenofobia” o fobia a las agujas, “amicofobia” o fobia a ser arañado por un animal, etc., que nos resultan muy extrañas, pero, sin embargo, existen.

Actualmente las clasificaciones apuntan a describir tres grandes tipos de fobias: la fobia social, la agorafobia, y las fobias específicas.

A partir de 1994 se define a la fobia específica como un temor acusado y persistente, desencadenado por la presencia (o anticipación de la presencia) de un objeto o situación específicos. La persona reconoce que el miedo es excesivo o poco razonable; el mismo se encuentra asociado con malestar o deterioro funcional y, normalmente, se acompaña por una inmediata respuesta de ansiedad, con la consecuente evitación del objeto o situación.

En algunas personas la evitación es mínima, aunque la exposición a la situación les produce altos niveles de ansiedad.

La clasificación actual incluye cinco tipos principales de fobias específicas:

A los animales: pueden referirse a cualquier animal, aunque los más frecuentemente temidos son: serpientes, arañas, cucarachas, perros, pájaros, ratones, insectos y gatos. Este tipo de fobia suele comenzar en la infancia, y la edad de aparición suele ser más temprana que en las otras fobias.

Al ambiente natural: incluye miedos a las tormentas, al agua y a las alturas. Estos temores son muy frecuentes, de hecho, entre los hombres, el temor a las alturas es la fobia específica más frecuente. Los miedos al ambiente natural suelen comenzar en la infancia, aunque existen evidencias de que la fobia a las alturas aparece más tarde que otras fobias de este tipo. Ciertos estudios han encontrado que las fobias a las tormentas y al agua son más frecuentes en las mujeres.

A la sangre-inyecciones-sufrir daño físico: incluye el temor a ver sangre, recibir inyecciones, observar o sufrir procedimientos quirúrgicos y otras situaciones médicas. Suelen comenzar en la infancia o principio de la adolescencia. A diferencia de otras fobias, se encuentra asociada a una respuesta fisiológica bifásica durante la exposición a las situaciones temidas. Esta respuesta comienza con un aumento de la activación, seguido por una brusca caída de la tasa cardiaca y de la presión sanguínea, que en ocasiones provoca desmayos. Estos se producen únicamente en este tipo de fobia.

Tipo situacional: incluyen fobias a determinadas situaciones, como por ejemplo a los ascensores, aviones, lugares cerrados, conducir, etc. Suelen comenzar a partir de los veinte años, si bien pueden presentarse antes.

Finalmente, se reserva un lugar para “otros tipos” de fobias, que no clasifican en los apartados descriptos. Ejemplos: temor a los globos, a los botones, a vomitar, a asfixiarse y otros.

Las mujeres padecen de fobias específicas con mayor frecuencia que los hombres (relación 3/1). El diagnóstico de esta patología es el más frecuente dentro de los trastornos de ansiedad (la sufre el 11,3% de la población). De modo paradójico, quienes lo sufren no suelen consultar y los que lo hacen son los casos más severos. Sin embargo, con relación a esta problemática podemos ofrecer buenas noticias: las fobias específicas son los trastornos de ansiedad que mejor y más velozmente responden al tratamiento.

La evidencia empírica ha demostrado que la exposición sistemática y continuada, al estímulo temido, permite reducir la respuesta de miedo o ansiedad. La terapia psicológica más eficaz para esta patología es del tipo conductual, se trabaja principalmente con la técnica de “exposición en vivo”, en la que el terapeuta desensibiliza al paciente del estímulo fobígeno utilizando una exposición programada, gradual y progresiva al mismo. El psicólogo acompaña al paciente, luego de un cuidadoso trabajo de preparación, a acercarse gradualmente al objeto o situación causante de su fobia. El objetivo es lograr que el paciente tolere la ansiedad en presencia del elemento fobígeno para luego poder habituarse a ella, la habituación se concibe en términos fisiológicos (disminución de la actividad autonómica). De ese modo se consigue, luego de varios afrontamientos, que el temor vaya disminuyendo.

También se trabaja con otras técnicas conductuales y cognitivas: entrenamiento en relajación, respiración, visualización, auto instrucciones.

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