La libertad sartreana

Frase Jean Paul Sartre | Libertad-sarteana

Social

El existencialismo constituye aquella corriente filosófica, que incuestionablemente, elevaría a lo más alto posible y con la fuerza que nunca antes se había empleado, la idea de hombre como ser trágico y a la vez responsable de su propia libertad. Esta producción de ideas; que por demás supo contar, con figuras que lograrían colocarse casi en la cúspide de la intelectualidad de su época; vendría a retomar la parte eminentemente íntima del sujeto. En fin de cuentas era este mismo, tras su dolor, él único capaz de poder construir su historia.

Esta filosofía significaría una ampliación, si pudiese decirse así, de toda una tradición, que tenía en su centro, al idealismo y la especulación filosófica. Consideración, que como cualquier otra, no es absoluta, pues ya para los finales de un pensamiento moderno teníamos a un Feuerbach; que nos adelantaba de la necesidad de dotar al sujeto de carne y sangre, aún cuando se equivocaba en pensar que el pensamiento humano se encontraba sensorialmente determinado; a lo que Marx, quien fue otro de los que genialmente seguiría esta línea de pensamiento, respondía: que estando muy bien reconocer dicha necesidad y por tanto ir al sujeto como individuo mismo que vive, sufre y es reproductor de su propio conocimiento; este último también estaría socialmente condicionado y por tanto no sería otra cosa que un producto social.

A partir de ideas tan brillantes; que desmontaban más de cincuenta años de un pensamiento, que parecía haber olvidado al sujeto en su individualidad y facticidad; se asientan las bases para que más tarde se desarrollase un pensamiento que ubicara a la propia existencia humana en el núcleo de su discusión filosófica. Tan es así, que hoy se les reconoce a los fundadores de este posicionamiento teórico, que tanta falta le hacía al hombre mismo; como capaces de ubicar la existencia propia del individuo, como generadora de cualquier orden de ideas, aunque veremos luego de la manera en que se proyectara este esquema.

En los marcos de este transformador orden filosófico, no podemos dejar de mencionar la figura de Jean Paul Sartre, precisamente por el impacto que tuviera su obra dentro de este contexto.

Sartre como buen existencialista, hará uso de la fenomenología; en tanto le interesa una teoría, más que fundada en conceptos, sí sobre la base de lo dado experimentalmente, como muestra de la vivencia y el sentir humanos. Por demás su existencialismo tiene carácter ateo, y resulta un ateísmo firme, pues a partir de él fundamenta, su negación con respecto a criterios absolutos o axiomas universales.

Si Dios no existe, no existe por tanto como creador del hombre ni de la naturaleza, luego no existe tal concepto de ninguno de ellos. El hombre es quien se ha propuesto ser y la naturaleza, lo que el ser humano ha podido o deseado hacer de ella; por lo cual es fundamental para Sartre, aquella idea que comparte cualquiera que se llame existencialista: “La existencia precede a la esencia”.

Haciendo énfasis en la finitud del sujeto; y abogando porque este reconociera que es parte de ella y que por lo tanto tiene que vivir acorde a los marcos en los que él como individuo cabe dentro de la misma; aborda disímiles problemas, relacionados directamente con el lugar que ocupa el individuo dentro de la universalidad. Entre ellos se encuentra: la temporalidad, la muerte, la culpa, la fragilidad de la existencia, la responsabilidad, el compromiso, la autenticidad, la subjetividad, la libertad.

Esta última es el tema que nos ocupa fundamentalmente en este espacio: la libertad sartreana; siendo este, según dicha filosofía, el rasgo más típicamente humano. Para lograr entender este concepto habría que empezar por explicar cuáles son los argumentos que este utiliza en defensa de la libertad del sujeto.

Como tendencia se suele pensar que la esencia es quien precede a la existencia, pues algo existe porque a la hora de ser fabricado, se ha pensado en ese conjunto de características que podrían identificarlo (esencia) e indicarle a quien lo construye que debe ser de una manera y no de otra.

Sin embargo, según Sartre, la libertad del sujeto se desprende de la idea del Ateísmo. Si Dios no existe, tiene que existir algo que simplemente, haya existido antes de ser determinado, ese algo es: el hombre. Por tanto este último ha empezado por ser nada y luego en el trayecto de su vida es que se ha ido formando de acorde a sus principios, aspiraciones o proyectos. Ser libre para Sartre, significa entonces, ser propiamente un hombre; se trata de concientizar que somos libres, precisamente porque nadie nos ha construido, porque no existe una naturaleza de hombre, porque no seguimos patrones ni a un conjunto de características impuestas. Somos en tanto lo que queremos ser. Somos libres, porque si no lo fuéramos; existieran para todos, códigos repetidos de conducta, que a la vez estuviesen restringidos o limitados.

Podemos entender entonces que la libertad sartreana está fuertemente conectada con la autenticidad, pues seremos libres, en tanto sepamos expresar nuestra individualidad. Es propiamente nuestra libertad, las que nos hace conducirnos y ser quienes somos, y no por el contrario el hecho de pertenecer a un género ni a una sociedad determinada.

Ciertamente queda expresada en la obra de Sartre el egoísmo, como base, en la apropiación de dicha libertad; pues no hemos decidido ser libres, así como no hemos sido creados. Por tanto no podemos no ser libres. Ni tan siquiera la ética o los valores, aparecen como restricción de mi libertad, en última instancia soy yo, quien desde ella, en algún momento he entendido que algo es mejor que otro, o que esto es bueno o malo; por tanto yo puedo ser capaz de transformar mi realidad, pues propiamente soy yo quien a diario la construye.

La libertad sartreana, no es por consiguiente, diría yo, posibilidad del ser humano, sino más bien condición del mismo. Es constitutivo de nosotros ser libres, solo por el hecho de ser quienes somos para con la universalidad.

Ahora bien, mientras se es libre, toman partida fundamentalmente dos grandes consecuencias.

UNA, la idea de reconocimiento de responsabilidad para con nosotros mismos; no existen excusas válidas para cualquier orden de cosas, que no sean constitutivas de nuestro propio accionar; a la vez somos responsables también de lo que son y hacen los demás, pues a partir de lo que en algún momento yo crea correcto se funda una idea del bien sobre algo. Entonces, respondemos por nuestros actos y por los de la humanidad en general.

La OTRA es que, al no haber sido creados por nadie, somos seres activos que todo el tiempo nos proponemos ser más de lo que somos hasta ahora; pudiendo tornarse esta idea contradictoria con su idea del absurdo de la vida, que bien pudiera entenderse, aludía a la pasividad por parte del sujeto. En la base de esta libertad se encuentra la justificación de nuestras ansias de progreso. Queremos y necesitamos, por tanto, sentirnos cada vez más libres.

Existirán, al interior del sentimiento humano, elementos que acompañan a dicha libertad en su proceso de despliegue. Ellos son: la angustia, el desamparo y la desesperación. La primera de ellas aflora ante el reconocimiento de dicha libertad, en tanto somos responsables de cada una de nuestras decisiones y a la vez, de la estructuración moral colectiva. Pues, creando desde nuestra singularidad una especie de proyecto, podemos estar creando un modelo de vida asumido por muchas personas. La angustia, irá hacia todas partes con nosotros, más cuando queramos emprender alguna acción de cualquier índole. Siempre habrá angustia al querer conducirnos hacia algo, al querer tomar partido sobre algo.

Al mismo tiempo, el desamparo, constituye otro tipo de reconocimiento en tanto al hecho mismo de ser libres, este tiene que ver con la soledad. Solos elegimos, nadie nos dice que debemos hacer o no; aun cuando decidimos no elegir, estamos haciendo un uso particular de elección. Si Dios no existe, no existe tampoco un código de moralidad absoluta; que nos oriente con respecto a aquello que debamos hacer o no, ante cualquier situación. Es nuestro mismo ser, desde su yo, quien se ha impuesto valores, por tanto se encuentra solo en la difícil tarea de tomar sus propias decisiones.

Finalmente la desesperación tiene que ver con el impacto que puede tener, en otros, nuestras acciones o simplemente los códigos morales que nos hemos inventado para vivir; estos no tienen por qué ser los que la humanidad, en su generalidad, impone o decide. Ante la difícil misión de revelarnos como seres cada vez más individuales, ante una mayor colectividad, se siente un estado de desesperación.

Entretanto, según la mirada sartreana, sentimos que es lastimada nuestra libertad, pues se encuentra la presencia de un otro, que nos hace dejar de ser sujetos para ser objetos de esa conciencia otra, luego aún cuando seamos conciencia de nosotros mismos, lo somos a partir de ser conciencia de otros, por tanto no por ser una intromisión deja de ser necesaria. Esto nos indica que nuestra libertad, será tal, en cuanto a la libertad de otras personas. Así mismo esta idea regenera el uso de la intersubjetividad para con nuestra libertad, a través del reconocimiento de un otro, valoramos nuestra realidad intrínseca.

Es fantástica, la manera en la que Sartre, puede hacer que su filosofía sea tan pesimista y optimista a la vez. Pesimista, pues muchos pudiesen pensar en que es muy injusto creer en que el ser humano puede tener siempre control sobre su vida, fundamentalmente, para quienes no lo han logrado; pero se hace muy optimista también la base de esta misma concepción, es increíble pensar que solo existimos en correspondencia a nuestros propios deseos; en creer que seamos pura subjetividad, en tanto inventamos nuestra propia existencia.

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