Los papitos* de las hystœricas o la verdad mentirosa en Freud

“Freud delira ahí justo lo que es preciso, pues él imagina que lo verdadero es el núcleo traumático”
“Freud delira ahí justo lo que es preciso, pues él imagina que lo verdadero es el núcleo traumático”

Psicoanálisis

En el Prefacio a la Edición Inglesa del Seminario XI Lacan dice que, no hay verdad que no mienta. Es una afirmación que lleva a interrogarnos el por qué del psicoanálisis. Por suerte aclara que no ha de ser impedimento para que uno corra detrás. Él enuncia que, decirla toda es materialmente imposible: faltan las palabras. Precisamente por este imposible, la verdad aspira a lo real. 

Es la fraternidad de la verdad con lo real la que hace del análisis un transcurrir por el encamina-miento: no hay modo de decir la verdad, toda la verdad, si no es pasando por la mentira puesto a que a lo real no se lo puede decir. De este modo, para abordar cómo el sujeto se enfrenta a lo real de su estructura, es indispensable realizar un forza-miento.

Fue la escucha instaurada por Freud, al quedar afectado por lo que sus histéricas de antaño, lo que estas le contaban, la que lo llevó a concluir que estos escollos tienen relación con una verdad escondida. 

Los neuróticos son seres que reprimen la verdad y, como lo que se hecha por la puerta retorna por la ventana, esta verdad reprimida, tan ajena a quien la encubre, se expresa de manera desfigurada por los mecanismos del inconsciente ofreciendo tropiezos en la vida cotidiana. 

Lo excepcional del descubrimiento freudiano es que estos efectos cesan si el sujeto está advertido de lo que hay detrás de su padecer, que para desembarazarse de los chanchullos de las palabras es necesario decirlas. 

Freud funda la etiología en sucesos acaecidos en la primera infancia. Su técnica para levantar los síntomas implica poder arribar al núcleo traumático. En otras palabras, que el enfermo pueda vehiculizar verbalmente la escena infantil que fue despertada por un acontecimiento puberal e hizo un llamado al trabajo de la defensa. El problema es que le resultaba bastante insoportable pensar en lo verídico del discurso de sus analizantes: no le simpatizaba la idea que todo gire en torno a los papitos de las histéricas.

Imagen tomada de El País

¿Acaso no podría tolerar que el agente profanador del goce indebido tenga el mismo nombre que el objeto sobre el cual mancillaba su acción? 

El hecho de que todas hayan tenido en la infancia un padre o sustituto, tal como a Ema el pastelero, que las haya “pellizcado” lo enfurecía. Fastidiado por estos relatos fue a tocarle el timbre a presuntos toca-timbres. ¿A qué conclusión arribó a partir de la información conseguida?

“Ya no creo en mis neuróticos”, triste confesión que le hace a Fliess.  

A Freud le resultó bastante precario que, en todos los casos, el trauma tenga relación con actos perversos propagados por parte del padre a la niñita; tal como la niñera al obsesivito. Corrió detrás de la verdad y se encontró con la mentira. 

Este encuentro con la verdad mentirosa no lo llevó a bajar los brazos, sino que lo motivó a reflexionar sobre una presunta inexistencia de signo de realidad en el inconsciente, siendo imposible distinguir la verdad frente a una ficción afectivamente cargada; que en el mundo de la neurosis la realidad que desempeña un papel predominante es la realidad psíquica.

Estas ficciones cumplen con una norma universal: son parte del elenco los padres o subrogados. Por esta razón podemos pensar que lo que el analizante le dice al analista tiene muy poco que ver con la verdad, que el sujeto no habla sino al costado de lo verdadero, porque lo verdadero lo ignora. 

La ignorancia ante lo verdadero es un punto de discrepancia entre Freud y Lacan ya que el maestro vienés suponía que lo verdadero era el núcleo traumático, emparentado al mecanismo de represión, que operaba sobre representaciones inconciliables al yo, vinculado con escenas de la sexualidad infantil. 

Lacan lee a Freud y dice que, delira ahí justo lo que es preciso, pues él imagina que lo verdadero es el núcleo traumático. Ante esto argumenta que el verdadero trauma tiene que ver con el aprendizaje de lo que es para cada uno lalangue. Asimismo, esclarece la cuestión de la obscenidad inherente a las vivencias sexuales prematuras y traumáticas al proponernos el neologismo obtrescena. Con esta invención contempla que, la Otra escena, la cual es obscena, se funda en las relaciones de parentesco: los recuerdos encubridores, hecho patente, invitan a las personas que se ocuparon de la crianza, aquellas que participaron en los primeros años de su vida (o un subrogado) a ser protagonistas del relato lascivo. 

El encamina-miento instaurado en el análisis necesita poner al saber en el banquillo, esto es, cuestionar las relaciones del sujeto con el Otro en cuestión para que esté advertido de su obtrescena a la que, sin saberlo, está aferrado siendo el síntoma su soporte. El analista, por su parte, debe soportar la machaconería del analizante: que todo su discurso se reduce en el más chato parentesco. 

“El parentesco no se traduce de hecho, pero no tiene en común sino esto, que los analizantes no hablan más que de eso”. Lacan dice que es hasta el extremo tal que un viejo analista estaría un poco cansado de eso. No tengo la suerte de poder enunciarme como un viejo analista, pero si adhiero a la idea de que los analizantes no hablan más que de eso: en el consultorio nos encontramos con un sujeto que habla de sus padres, qué sus padres, cuándo sus padres, cómo sus padres, dónde sus padres y por qué sus padres, ya que son ellos quienes les han transmitido lalangue.  

El forza-miento que se realiza implica arribar a la experiencia de que el Otro en tanto tal no existe, que el neurótico es responsable de ofrecerle ese lugar. El inconveniente es que como este Otro fueron los padres y su deseo no anónimo, no hay univocidad del trauma, “el goce del Otro es diverso, no es automorfo”. Si bien es verdad que para-toda-obtrescena ha de cumplirse la norma de que quienes le enseñaron a hablar al sujeto, esto es, a quienes lo traumaron, tienen un rol en el elenco principal; el contenido del trauma es singular, quedando así excluido el anonimato. 

Por este motivo Lacan ha de proponer que lo que el analizante dice, esperando verificarse, no es la verdad, es la varidad del síntoma. Varidad es un neologismo que supone la verdad como variable. Ante esto, lo que los analistas sabemos es que no hay La verdad con mayúsculas, hay construcciones variables que se engullen en el más chato parentesco, en la relación del sujeto con su Otro. El problema es que soportar al Otro es insoportable. No hay allí amistad que a ese inconsciente lo soporte, afirma Lacan en el Prefacio a la Edición inglesa del Seminario XI. 

Si bien cada uno carga con su mochila signada por su historia y ante lo real se las arregla como puede, el psicoanálisis propone que, por medio de un forza-miento, el neurótico pueda hacer una vida más allá del Otro que le tocó. 

Que haga el pasaje De un Otro al otro, contemplando que el Otro es una función vinculada a la transmisión de lalangue, pero que el sujeto es responsable de su vida porque el Otro en tanto tal un otro. 

En lo real no hay Otro, hay hombres y mujeres.

El problema es la fijación del neurótico al Otro, este convencimiento de su existencia, y el presunto destino que le ofreció por medio de su deseo, el cual no ha de coincidir con las aspiraciones propias. Entonces el análisis implica una práctica para curarse del Otro que habita en cada uno y nos pone palos en la rueda en la vida cotidiana.  

Es por medio de arribar la inexistencia del Otro, el sujeto puede hystœrizarse por sí mismo: ser responsable de su vida y armar su propia hystœria sin que el Otro sea obstáculo, ser responsable de su vida más allá de los padres. ¿Acaso Freud no decía en Psicoterapia de la histeria que el análisis permitía realizar el pasaje de la miseria neurótica a los infortunios de la vida cotidiana? ¿Podemos ofrecer otra cosa? 

Lo dudo.

*Papitos: en Argentina se refiere a un modo vulgar de los genitales femeninos

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