Ni los hombres son de Marte, ni las mujeres de Venus (Parte I)

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Psicoanálisis

En la década del 90, se publicó en Estados Unidos un libro que fue éxito de ventas: “Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus”. Este libro trataba de iniciar una conversación sobre el género, arguyendo que hombres y mujeres, estábamos destinados a no comprendernos porque suponemos que el otro reaccionará como nosotros. El libro gira en torno al argumento de que a los varones les resulta más fácil lidiar con las cuestiones concretas, con la agresividad y la competencia (Marte era el dios de la guerra en la mitología griega) y las mujeres estamos más acostumbradas a lidiar con las cuestiones afectivas, que tengan que ver con los vínculos y la comunicación humana (Venus era la diosa del amor).

Si bien no pueden negarse las buenas intenciones del autor en el entendimiento de las parejas, los estudios de género y la psicología tienen mucho que decir al respecto. Estas diferencias, tienen un componente biológico muy débil y son más del orden cultural. Ese orden cultural ha concebido históricamente las relaciones de pareja y el ser-varón o ser-mujer, desde la desigualdad.

Decía Pichón Riviere (Psiquiatra teorizador de la Psicología Social), que una estrategia del sistema social para mantener la opresión de los más débiles era justamente “naturalizar lo que es de origen social”. Entonces, éstas diferencias que hablan sobre el poder sobre las mujeres, muchos se esfuerzan en decir que en realidad son biológicas o que “así somos” irremediablemente y que hay que aceptar las diferencias. Que los hombres son agresivos, dominantes y competitivos y las mujeres tiernas, interesadas en las relaciones y el afecto, etc.

Peor aún, estas supuestas diferencias naturales, a menudo esconden serios problemas psicopatológicos y suelen ser la raíz de relaciones asimétricas, dependientes y violentas.

Abordaremos primero lo que se cree natural del varón. Se cree que es natural que el varón intente grandes conquistas, que salga, que explore, y que sea valiente. Un militar, un médico, un ingeniero, son las profesiones que los padres sueñan para los hijos varones desde pequeños. Por otro lado, se considera que el varón no necesita afecto, que sólo desea sexo, que es muy malo para cuidar a los chicos. Afortunadamente estos paradigmas van cambiando. Los hombres se van permitiendo cada vez más estos aspectos, estas redes identificatorias. Pero persisten estos paradigmas en muchas publicidades. Donde la mujer es la que “habla, habla, habla”, y los varones se entienden a los gruñidos. No les interesa escuchar y siempre están quejándose de cuánto gasta la mujer en la tarjeta de crédito (volviendo al paradigma del macho proveedor que vale en tanto tiene dinero, ignorando que muchas de las mujeres trabajan por su propio dinero, por lo tanto no piden permiso para usar la tarjeta).

Y esto persiste mucho en lo que los psicólogos vemos en el consultorio todos los días. Los varones son criados, a menudo, desde la inhibición emocional y desde la capacidad simbólica empobrecida (no saber poner en palabras aquello que pasa o que les pasa). Eso es lo que se pide de ellos. “Los hombres no lloran”, “los hombres hablan poco”.

Daniel Goleman, autor del famoso libro “La Inteligencia Emocional”, cita numerosas investigaciones en las que se concluye que desde la más tierna infancia, los padres usan muchas más palabras para nombrar las emociones, cuando crían a una niña, que cuando crían a un niño. Esto demuestra que al varoncito se lo abandona a sus emociones, a sus impulsos, sin darle palabras para defenderse. Sin que tenga la capacidad de entender demasiado qué es lo que le pasa.

Por otro lado, a las mujeres se les enseña a esperar un varón que las comprenda y las apoye. El varón que fue educado para no llorar, para hablar poco y ser un “hombre de hechos, no de palabras”, se encuentra sin herramientas a la hora de consolar o ayudar a estas “princesas en apuros”. Entonces las respuestas que estas mujeres obtienen, son las que los varoncitos obtenían de niños: “no llores”, “no te hagas drama”, “no es para tanto”. Llegan al consultorio, furiosas gritando “¡No me entiende!” Ahora bien: ¿Esto es un problema de que ellos “sean de Marte”? No, es un serio problema de inhibición emocional, que muchas veces se transforma en violencia.

Quien no puede poner palabras y sólo se maneja en la lógica “del acto”, tiene muchas más posibilidades de ser violento. Entonces, un varón que no llora y no habla, ¿cómo es más probable que se exprese? Bueno eso depende de qué varón se trate, pero el alcohol, por ejemplo suele ser una salida clásica. “Necesito una copa”, en el fondo es “no puedo manejar esto que me pasa, me evado”. Otros, hacen otras cosas. Siempre está en el orden del hacer. Corren picadas, se “van de putas”, rompen puertas, o inclusive hacen cosas “sanas” como practicar deporte, pero lo hacen desde la evasión. Y algunos pegan. Algunos le pegan a la pared o le pegan a un ser humano. Muy frecuentemente a las mujeres que son las “locas”, “las que no entienden nada”.

Y es muy poco probable que los varones cambien esto sin un esfuerzo decidido y la ayuda de algún tipo de psicoterapia. La clínica muestra que a los varones que han sido criados de esta manera, les cuesta mucho, no sólo consultar al psicólogo, sino permanecer en terapia una vez que empiezan. La sociedad les ha dicho demasiado tiempo que ellos son los cuerdos. Que ellos son los razonables. El mundo está pensado para los varones, por los varones. Entonces, consultar al médico o al psicólogo, implica que algo falla en ellos. Que no son “tan machos”.

De hecho, está comprobado que ser hombre es un factor de riesgo para todas las enfermedades. ¿Por qué? Las diferencias numéricas en los servicios que consultan hombres y mujeres nos hablan de esto. Las mujeres pueblan todas las consultas de atención primaria, los consultorios de los psicólogos, las oficinas de prevención de enfermedades. Los varones, pueblan las salas de terapia intensiva. Los varones consultan cuando no dan más. Mueren más jóvenes, justamente porque no pueden mostrarse vulnerables tan campantes como las mujeres. No pueden consultar al médico así no más. Ellos “no son blanditos”.

Repito, afortunadamente, esto está cambiando. Pero a un paso mucho más lento que quienes nos ocupamos de los temas de género quisiéramos. Ojalá este nuevo siglo nos encuentre con hombres cada vez más sensibles, más llorones, más charlatanes, más cuidadosos.

Hasta aquí la primera parte, la segunda entrega hablará de los estereotipos femeninos y cómo éstos afectan a su salud psicoafectiva.

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SicologiaSinP.com - Silvia Golubizky

Lic. en Psicóloga. Especializada en Género y Desarrollo

Columnista de paramujeres.com.ar, ejerce como Psicóloga Clínica de niños, adolescentes y adultos. Su área de trabajo es la clínica psicoanalítica. Recientemente obtuvo un diplomado en Género y Desarrollo. Ha dictado talleres, seminarios y conferencias en Tucumán, Buenos Aires y Santa Cruz, en Argentina. En el exterior Santiago de Chile, Washington y Miami. Desde su web difunde trabajos de psicoanálisis y comparte información sobre la violencia de género y la salud mental. [...]

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