El amor a los hijos ¿es incondicional?

Escultura Miguel Angelo - Una madre y su hijo

Psicoanálisis

¿Puede una madre – o quien haga las veces de -, en todo su amor, querer un hijo bruto, tonto, débil mentalmente o cobarde, acrítico, sin-falta e ideal?

La experiencia nos enseña que , que puede. Y en tanto Madre remite a una dimensión simbólica, que es el Otro con mayúsculas, también puede querer eso una familia, un estado, inclusive una sociedad. Un detalle para nada ajeno a esto, en la época del genocidio perpetrado por la última Dictadura cívico-militar que azotó atrozmente a nuestro país durante la década del ´70 – como algunos militares lo confesaron luego -, aquellos especialmente delimitados como “blanco” de las peores sospechas (y no sólo de las peores sospechas, desde luego) eranademás de los líderes sociales, los agentes de producción intelectual crítica, de pensamiento liberador. Actores vinculados a lo “psi”, a la filosofía, al pensamiento político, a la cultura, etc. Otro de los objetivos de las torturas no era generar sólo sufrimiento físico sino también aplastar el espíritu, la razón, la lucidez psíquica a través de tamaña objetivación. La tortura es una encerrona trágica comandada por la crueldad. Por lo que Lacan llama voluntad de goce.

El fantasma social de que “pensar es pecado” coagula una verdad otrora material en nuestro país, aquella para la cual el destino de toda búsqueda de una apertura a lo impensado es condenable, castigable per se.    

Un amor materno ilimitado, incestuoso y, por esocruel necesita de la estulticia de su filiación para sostenerse erigido como Total. Estulticia en el sentido en el que lo trabaja Foucault en la Hermenéutica del sujeto, donde el estulto es aquel que aparece como acríticamente abierto a las representaciones del mundo exterior, del Otro.

El stultus, dice Foucault, es el sujeto de la «voluntad limitada», frágil, cambiante, inoperante, impotente. Es el sujeto-esclavo supeditado al capricho del Amo, que cual barrilete se deja arrastrar por el viento de turno. La «estulticia» conlleva un estado subjetivo al que el hombre permanece atado si no realiza el esfuerzo espiritual de convertirse a sí mismo, a través de la práctica de sí, de la espiritualidad, de la filosofía en el sentido de una práctica o, finalmente, a través del psicoanálisis. Veamos cuáles son las características específicas de tal posición subjetiva del ser.

Agitación del pensamiento, irresolución de la voluntad (“voluntad limitada”), incapacidad de detenerse interesadamente en algo, fracaso del placer frente a las cosas de este mundo. El estulto es el hombre pasivizado por el efecto del significante como marea simbólica aportadora de un sentido constrictivo que se articula pulsionalmente a una satisfacción secreta que denominamos goce. La “debilidad mental” sería su extrema y caricaturesca consecuencia, quedando dentro de esa categoría el ser hablante en sí mismo, por estar hechura del sentido:

“… ¿qué es la stultitia? El stultus es quien no se preocupa por sí mismo. ¿Cómo se caracteriza el stultus? Si nos remitimos en particular al principio del texto de De tranquillitate, podemos decir lo siguiente: el stultus es ante todo quien está expuesto a todos los vientos, abierto al mundo externo, es decir, quien deja entrar en su mente todas las representaciones que ese mundo externo puede ofrecerle. Representaciones que acepta sin examinarlas, sin saber analizar qué representan. El stultus está abierto al mundo externo en la medida en que deja que esas representaciones, en cierto modo, se mezclen dentro de su propio espíritu (…), de modo que es, entonces, la persona que está expuesta a todos los vientos de las representaciones externas y luego, una vez que éstas han entrado en su mente, es incapaz de hacer la división, la discriminatio entre el contenido de esas representaciones y los elementos que nosotros llamaríamos, si ustedes quieren, subjetivos, que se mezclan en ella.”

En la puntuación que Foucault va realizando, además de esta característica esencial del estulto, un rasgo muy fuerte es su dispersión en el tiempo. En efecto, el estulto desconoce su historia (no rememora nada, por consiguiente, diría Freud, no elabora nada). Por otra parte, está desentendido de su presencia actual no como consistencia narcisista sino como subjetividad implicada – valga la redundancia -, descartándose como acción justa en el sentido de un destino imaginado. Por consiguiente, el estulto se dispersa tanto de su presente así como de su futuridad:

“[el stultus]… no piensa en la temporalidad de su vida…”

En definitiva, se trata de eso que todos somos a nivel inconsciente ya que en el origen somos hablados por el Otro. Aunque es cierto que podemos atemperar esa supeditación originaria tomando la palabra. Pero esta toma representa un corte, una separación o un desasimiento. Desprendimiento no es desgarramiento. Lo segundo es una degradación de lo primero y puede ser un obstáculo quedarse en lo imaginario en tanto impida el acceso a lo simbólico, tal como lo plantea Lacan al hablar del Edipo. Pensar  críticamente se vincula a la potencia del sujeto que toma la palabra, que toma el significante, que deja de “ser” para tener. O tal vez, el sujeto sea el efecto subversivo de esa potencia y de ese acto que es dejarse atravesar por la palabra que me habita y me trasciende.

Hemos hablado de desasimiento. Pues bien, en un clásico texto de 1909, el padre fundador del psicoanálisis, sostenía:

“En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas, del desarrollo. Es absolutamente necesario que se cumpla, y es lícito suponer que todo hombre devenido normal lo ha llevado a cabo en cierta medida. Más todavía: el progreso de la sociedad descansa, todo él, en esa oposición entre ambas generaciones. Por otro lado, existe una clase de neuróticos en cuyo estado se discierne, como condicionante, su fracaso en esa tarea.”

Tres cuestiones se destacan de esta impresionante cita. En primer lugar, la idea de un “desasimiento” [Ablösung = separación] de la autoridad de los padres. Padres, evidentemente, en el sentido de ciertos tutores primigenios que hubieron de sostener la insignia de lo feliz e inmarcesible, pero que llegada la hora, habrán de prestarse cedibles al campo de lo perdido e irrecuperablemente inhallable.

En segundo lugar, Freud apuesta a que la transformación societal misma reposa en dicho doloroso desprendimiento juvenil. Se entiende: la fijeza a las figuras primitivas de autoridad incuestionada, llevaría a una supeditación eterna que congelaría toda tentación de pensar algo diferente y de elucubrar intempestivamente nuevas formas simbólicas verdaderas e instituyentes. Finalmente, hay quienes encuentran un gran obstáculo en poder sostener y llevar adelante tal aventura, esto es, atravesar el drama de la castración simbólica. Valdría agregar, en este punto, que una tercera categoría son quienes ni siquiera lo intentan.

Hay dos referencias más para pensar esta idea del desprendimiento, corte o separación. Una de ellas es de Mónica Cragnolini, quien comentando la filosofía de Nietzsche, nos dice:

“Frente al sujeto que domina, que se cree dueño de la realidad, la “voluntad de poder” del ultrahombre supone, paradójicamente, abandono, “desasimiento”. El “desasimiento” es la voluntad de no querer imponer la propia voluntad a lo que acontece, el amor al azar, la aceptación de la vida en todos sus aspectos. Por eso, ello piensa, y no el yo, que es quien siempre se concibe a sí mismo como propietario.”

La segunda es ni más ni menos que del propio Jacques Lacan, quien hablando del deseo del Otro afirma que el mismo:

… invierte la incondicionalidad de la demanda de amor, donde el sujeto permanece en la sujeción delOtro, para llevarlo a la potencia de la condición absoluta (donde lo absoluto quiere decir también desasimiento [détachement]).

 

*La imagen de portada se titula La Piedad del Vaticano o Pietà es un grupo escultórico en mármol realizado por Miguel Ángel

 

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