Dejé el miedo encerrado: La preparación psicológica para intervenciones en niños

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Historias

Cuando te miré a los ojos por primera vez, escondido detrás de la falda de tu mamá y apretándole la mano muy fuerte, lo supe: ibas a necesitar de mi ayuda. Asegurabas estar bien, estar de acuerdo. Te mostrabas dispuesto antes todos a someterte –esta vez si- a la intervención. Los médicos y enfermeras te sonreían, la familia te insistía “todo saldrá bien” y tú solo asentías. Entendí entonces que, son solo once años, sabías esconder tu miedo y tu ansiedad, pero no lo suficiente como para que no lo notara yo.

Estuvimos un mes trabajando juntos, construyendo la valentía, juntos, preparándonos para el día. Conociste a todos los médicos y las enfermeras, te hiciste su amigo, con la sonrisa tímida y el rostro esperanzado. Ellos te explicaron cómo iba a ser todo el procedimiento, qué ibas a sentir  qué no, que ibas a encontrar, cómo te iban a vestir. Fueron minuciosos y no dejaron nada a la incertidumbre.

Te aprendiste de memoria los pasillos, el instrumental necesario, la importancia de curarte pronto y el porque era necesario. Contaste los días, las horas, los minutos, afirmando que estabas listo, que el miedo no te vencería. Te enseñé a visualizar tu lugar ideal, tus acompañantes perfectos. “Un día en la playa con mi familia” suspiraste con ganas y fuiste aprendiendo a utilizar tu imaginación como escudo a la ansiedad.

Poco a poco fuimos respirando juntos, controlando el ritmo, buscando apaciguar los pensamientos. Inhala…exhala…sonríe… listo. Lo teníamos todo bajo control, todo estaba pensado para que estuvieras realmente preparado.

Al fin el día llegó. Nos habíamos visto desde que reingresaste al hospital a principios de semana. Habíamos repasado todo como un guión muy bien ensayado. Lo sabías todo: estabas listo, lo decían tus labios y yo temía que aún tus ojos dejaban asomar el miedo. Esa misma mañana a la puerta de la sala del hospital te dije: “solo te falta una cosa: dejar el miedo encerrado aquí”

Me miraste sorprendido, pero comprendiste enseguida y la sonrisa brotó de tus labios. El miedo te había abrumado durante este tiempo, te hacía pensar en cosas malas y a pesar de todo lo que habíamos trabajado, suponer que algo iba a salir mal. Ese mismo miedo te hablaba al oído, te hacía sentirte mal, físicamente mal, indispuesto y molesto. Te había condicionado día tras día y ahora lo habías descubierto: ¡el miedo se podía encerrar! Lo podíamos dejar aquí guardado mientras tú, mi valiente, te sometías a un procedimiento difícil, complicado, peligroso, pero que salvará tu vida.

Pusimos manos a la obra. Miedo aislado. Pediste ir caminando tú solito hasta la entrada del salón de operaciones. Al fin de cuentas eso hacen los valientes. Me despedí en la puerta, pensé que ya no me necesitarías, pero el miedo se había escapado y te incomodaba de nuevo. Tomaste mi mano, fuerte: volvían los temblores ¡Qué miedo más travieso!

Entonces te miré a los ojos y te comenté como al descuido: ¿sabes que los valientes también sienten miedo? El brillo de tu mirada me dijo que era suficiente, entendías todo, esta vez sí que estabas listo… y el miedo entró contigo al salón, pero no en tus ojos. Te habías hecho su dueño, lo llevabas, pero encerrado. Esta vez esperé junto a tu familia, esperanzada. La intervención fue un éxito. Todo había pasado. Fui a verte, a felicitarte por tu valor. Todavía estabas bajo los efectos de la anestesia, pero tu voz soñolienta clamaba por verme. Cuando me puse a tu lado, me dijiste bajito y despacio, pero orgulloso: “vio, doctora, al final dejé al miedo encerrado”.

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