Lectura psicoanalítica del filme Las Horas: más allá de la fantasía…

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Arte Y Mente, Psicología

14 de mayo de 1925, Inglaterra. Periodo de posguerra, época en que daría nacimiento la cuarta novela de Virginia Wolf: “La Señora Dalloway”. Contexto necesario que permite comprender la trama e influjo de una obra en la película The Hours de Stephen Daldry. La Señora Dalloway es, sin duda alguna, una de las novelas más representativas de Virginia Wolf, en esta se relata la historia de una mujer, la historia de un día en su vida y Clarissa Dalloway es su personaje principal. La novela reza así:

“Porque esta es la verdad acerca de nuestra alma, pensó, de nuestro yo, que cual un pez habita en profundos mares, y nada entre oscuridades, trazando su camino entre matas de gigantescos hierbajos, por espacios moteados por el sol, y sigue adelante y adelante, penetrando en las tinieblas, en la frialdad, en lo profundo, en lo inescrutable, y de repente sale veloz a la superficie, y se exhibe y nada en las olas rizadas por el viento, y tiene una positiva necesidad de trato, de roce, de calor, con charlas ligeras” (p.112.)

Volveremos sobre esta cita fragmentariamente. La película relata la historia de 3 mujeres, esta historia es la historia de lo inefable. No por casualidad Richard (el poeta) menciona a su amiga Dalloway: “Siempre das fiestas para cubrir el silencio”. El silencio como categoría ética, allí donde no habitan las palabras, donde el sujeto se desconoce, la realidad franquea, sucumbe, la angustia es su señal, las 3 mujeres de la película no cesan de insistir sobre su experiencia.

La lucha de las mujeres del filme es la lucha contra la oscuridad, contra la repetición: “cual un pez habita en profundos mares, y nada entre oscuridades, trazando su camino entre matas de gigantescos hierbajos” En determinado momento, específicamente en la estación de trenes Virginia dice a su pareja: “estoy luchando contra la oscuridad, sola en la profundidad oscura”, oscuridad y silencio vienen a representar en el filme aquello del orden de lo innombrable: la repetición. Vale recordar, repetición como lo Real que se impone al sujeto y no cesa de mortificarlo, lo que padece del significante como dirá Lacan, no como el retorno de los signos, ni de la identificación, sino de lo que no tiene nombre: lo más íntimo y ajeno, el vacío de la falta.

La película muestra, sin mucho rodeo, la pantalla del fantasma y su vacilación; ¿para qué dar una fiesta si no es para evitar enfrentarse con el silencio que se anuncia con la futura muerte de su amigo Richard? Richard lo sabe y por eso dice a su amiga: “siempre das fiestas para cubrir el silencio”, frase paradigmática por la profundidad que encierra. Proclama, no la ingenuidad de la Señora Dalloway, proclama más bien la verdad, ficción y función del fantasma: velar algo más profundo, lo real, lo que no engaña, y no menos importante: lo que se escabulle como dice Lacan, recordemos la cita de la primera página:

“…penetrando en las tinieblas, en la frialdad, en lo profundo, en lo inescrutable, y de repente sale veloz a la superficie, y se exhibe y nada en las olas rizadas por el viento”

Virginia la escribe, Laura la lee, y Clarissa la actúa, todas son la señora Dalloway, el tiempo las separa, las horas están entre ellas pero algo las une, algo yace en cada una de ellas que las identifica en un punto. Laura se levanta un día, se muestra triste, apacible pero opaca, sin brillo, la única cosa que se le ocurre hacer es un queque para su esposo que cumple años, ser la esposa perfecta es lo que se espera de ella, atender a su hijo, ser la madre perfecta, todo ello crea, y el director así lo muestra, un ambiente de opaca desilusión, su vida se desmorona ante sus ojos, ella no desea estar allí, desea vivir, desea desear.

La angustia invade a Laura en el punto que su formación fantasmática sucumbe, ser la esposa y madre perfectas no son una respuesta suficiente que logre imaginarizar el enigmático deseo del Otro, su realidad no puede estar ya constituida bajo dichas coordenadas, el saber no alcanza, y es ahí donde emerge la angustia, el vacío se hace presente, es el encuentro con lo Real; no por arbitrariedad aparece el hijo de Laura construyendo una casa de juguete para luego destruirla, hermosa y sintética metáfora de lo que le ocurre a su madre, esto es, la construcción de una vida de juguete y su consiguiente destrucción, destrucción y movilización del fantasma por la cual hay que pagar un precio: el precio de la angustia, su hijo lo sabía y por eso es el visionario de la película, así lo confirma Virginia a su esposo:

“el poeta morirá, el visionario”.

No hay vida posible que no sea de juguete, no hay vida y realidades posibles que no estén determinadas bajo la pantalla del fantasma, así como para Laura su vida se desmorona ante el inevitable des – encuentro con lo Real (Tyche), para Clarissa no hay pensamiento posible, palabra que signifique lo que es la muerte, la muerte de su amigo Richard, la muerte de él es también su propia muerte, aparece el silencio, el más allá, lo que yace tras este, la única producción posible es la fiesta, los detalles, las compras, las rosas, después: …las horas.

Richard dice a Clarissa: ¿Para quién vas a hacer esa fiesta? Tanto Laura como Clarissa apuestan por lo imaginario: ser la organizadora de la fiesta, ser la esposa/ madre perfecta, ser la anfitriona, la buena amiga, para luego languidecer:

“¿Por qué está todo mal?”

“Siento que estoy derrumbándome”

Palabras no nuestras, sino de Clarissa en su cocina cuando su amigo le habla. Su fiesta es un intento de nadar a la superficie y salir de las tinieblas, de la profundidad de lo Real, la angustia que la está invadiendo por la muerte de su amigo, su recurso es el trato, el roce…

“…y de repente sale veloz a la superficie, y se exhibe y nada en las olas rizadas por el viento, y tiene una positiva necesidad de trato, de roce, de calor, con charlas ligeras”

¿Qué son las horas? Es el tiempo, las horas, los minutos, los segundos, el acontecimiento, el devenir de la vida, el incesante repetir, tropezar, desencontrarse fallidamente con lo Real. Las horas es lo que separa a los unos de los otros, la distancia que separa a dos amantes, la muerte como el cese, la muerte de la condición de deseantes, Virginia escribe a su esposo:

“Siempre los años entre nosotros… el tiempo siempre… entre nosotros las horas”

Las horas son lo Real, lo Real en tanto que inevitables, lo que no se puede eludir, por eso Richard dirá: “igual tengo que enfrentar las horas de después de la fiesta”, la fiesta es velo, es ficción, perfecta alusión a lo que recubre a las horas: la vida misma, el tejido simbólico – imaginario de la vida de cada una de estas mujeres. El mensaje de la película no es pesimista, es optimista en cierto sentido, ver la vida de frente, no por lo que se desea que sea, sino aprender a vivir por lo que realmente es, verla de frente como dice Virginia: “no se puede encontrar paz evitando la vida”, no es idealismo, es la cruda realidad de los hablantes, de los seres que hablan, la realidad de la sexualidad y lo Real del cuerpo, es la realidad del goce y lo que no pasa por el campo del Otro, y por lo que no pasa por el campo del Otro hay que pagar un precio.

Laura así lo demuestra, apuesta por su deseo, deja su familia, hijos y esposo, pero no sin pagar el precio de la angustia, al final de la película dirá refiriéndose a su antigua vida: “era la muerte… elegí vivir”. La película no muestra otra cosa más que el silencio que yace tras la falta en el Otro, el enigma sobre el Che Vuoi?, es precisamente éste vacío (ausencia) lo que hace que no haya saber sobre la muerte, sobre el deseo del Otro, sobre el propio cuerpo, y las tres mujeres de Las Horas así dan cuenta, de la experiencia del vacío, de la angustia, de la dimensión extraña de la aparición del objeto, el Otro está ahí, el sujeto nace en el campo del Otro, pero este Otro está barrado , es inconsciente, no hay saber absoluto, y las mujeres del filme ejemplifican, con su día a día tal noción…

* La imagen que acompaña el artículo se titula Ophelia (1903) de Odilon Redon

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