José Martí y la explosión de sinceridad y amor en la confidencial carta a su hermana Amelia

Jose Marti, carta a su hermana Amelia

Arte Y Mente

“Escríbeme sin tasa y sin estudio, que yo no soy tu censor, ni tu examinador, sino tu hermano”

“El hombre más puro de nuestra raza”, así lo llamó la excepcional poetisa y feminista chilena Gabriela Mistral en el prólogo de la edición de 1939 de los Versos Sencillos de José Martí. Es que el Apóstol, como es conocido en Cuba, encumbró la cúspide de las letras latinoamericanas encabezando el movimiento literario del modernismo gracias a su exquisita manera de plasmar sus pensamientos. “Uno de los espíritus más libres que ha conocido la historia, sin duda el más puro de todos ellos”, al decir de Ezequiel Martínez Estrada, en Martí revolucionario.

El amor de José Martí (Enero, 28 1853 – Mayo, 19 1895) rebasaba los límites de su entrega a la causa por la liberación de la Patria del coloniaje español, su basto trabajo literario y periodístico reflejan un compromiso ético con la vida y un respeto y adoración extremas hacia la familia. La misiva a su hermana Amelia da fe con agudeza de su amor por la familia y el sentido de responsabilidad manifiesto hacia esta.

Desde Nueva York llegó a la isla convertida en colonia, una carta cargada de palabras exactas, todas dichas con la mayor sutileza encontrada en aras de no irrespetar a su querida hermana, la quinta de todos:

 

“Tengo delante de mí, mi hermosa Amelia, como una joya rara y de luz blanda y pura, tu cariñosa carta. Ahí está tu alma serena, sin mancha, sin locas impaciencias. Ahí está tu espíritu tierno, que rebosa de ti como la esencia de las primeras flores de mayo. Por eso quiero yo que te guardes de vientos violentos y traidores, y te escondas en ti a verlos pasar: que como las aves de rapiña por los aires, andan los vientos por la tierra en busca de la esencia de las flores. Toda la felicidad de la vida, Amelia, está en no confundir el ansia de amor que se siente a tus años con ese amor soberano, hondo y dominador que no florece en el alma sino después del largo examen, detenidísimo conocimiento, y fiel y prolongada compañía de la criatura en quien el amor ha de ponerse”

 

Continúa Martí demostrando vasta experiencia no solo en el arte de las letras, también en las cuestiones del amor. Una metáfora tras otra, todas con la encomienda de proteger a la hermana menor. Revelando a cada instante el instinto paternal y el compromiso atado por lazos de sangre que ni la fuerza insoslayable de la distancia puede quebrantar. De esta manera continua:

 

“Hay en nuestra tierra una desastrosa costumbre de confundir la simpatía amorosa con el cariño decisivo e incambiable que lleva a un matrimonio que no se rompe, ni en las tierras donde esto se puede, sino rompiendo el corazón de los amantes desunidos. Y en vez de ponerse el hombre y la mujer que se sienten acercados por una simpatía agradable, nacida a veces de la prisa que tiene el alma en flor por darse al viento, y no de que otro nos inspire amor, sino del deseo que tenemos nosotros de sentirlo”

 

Cual médico de almas, como se auto describe, alerta a la hermana querida sobre el amor y la elección de la pareja. Hablando sin decir, leyendo entre líneas, se aprecia la importancia que para él reviste que Amelia sepa apreciar el momento justo en que se le presente el amor. La intención no es otra que la de evitar el fracaso, la intención no es otra que la de mantener la institución de la familia como uno de los pilares fundamentales de la vida. Martí se expresa e intenta transmitir a su sangre la educación heredada de Leonor y Mariano:

 

“Empiezan las relaciones de amor en nuestra tierra por donde debieran terminar. Una mujer de alma severa e inteligencia justa debe distinguir entre el placer íntimo y vivo, que semeja el amor sin serlo, sentido al ver a un hombre que es en apariencia digno de ser estimado, y ese otro amor definitivo y grandioso, que, como es el apegamiento inefable de un espíritu a otro, no puede nacer sino de la seguridad de que el espíritu al que el nuestro se une tiene derecho, por su fidelidad, por su hermosura, por su delicadeza, a esta consagración tierna y valerosa que ha de durar toda la vida”

 

Cintio Vitier, conocedor como pocos, lo describe exacto en el libro Vida y obra del Apóstol José Martí:

“No hallamos en él fisura, y no acabamos nunca de ver todos los aspectos de su rostro, que sin embargo nos mira desnuda y sencillamente a los ojos”

 

Asimismo establece una rigurosa crítica entorno a las banalidades que tratan de absorbernos en la vida real. Expresa su desacierto con aquellos que bordeando la mediocridad, intentan sumarnos a ella dibujando una realidad inexistente hasta para ellos mismos:

 

“No creas, mi hermosa Amelia, en que los cariños que se pintan en las novelas vulgares, y apenas hay novela que no lo sea, por escritores que escriben novelas porque no son capaces de escribir cosas más altas-copian realmente la vida, ni son ley de ella. Una mujer joven que ve escrito que el amor de todas las heroínas de sus libros, o el de sus amigas que los han leído como ella, empieza a modo de relámpago, con un poder devastador y eléctrico-supone, cuando siente la primera dulce simpatía amorosa, que le tocó su vez en el juego humano, y que su afecto ha de tener las mismas formas, rapidez e intensidad de esos afectillos de librejos, escritos-créemelo Amelia-por gentes incapaces de poner remedio a las tremendas amarguras que origina su modo convencional e irreflexivo de describir pasiones que no existen, o existen de una manera diferente de aquella con que las describen”

 

Por último y en pocas palabras hace alarde de la admiración por el padre. Una vez más sin hablar explícitamente nos transmite la importancia de los valores morales que aprendió del progenitor y de la utilidad de los mismos en su andar de hombre. Advierte a la hermana para que aproveche el tiempo con su padre y se nutra de cada instante a su lado. El consejo de hermano mayor se extiende y le pida que no haga énfasis en las contradicciones lógicas que la diferencia de edad propicia:

 

“Tú no sabes, Amelia mía, toda la veneración y respeto ternísimo que merece nuestro padre. Allí donde lo ves, lleno de vejeces y caprichos, es un hombre de una virtud extraordinaria. Ahora que vivo, ahora sé todo el valor de su energía y todos los raros y excelsos méritos de su naturaleza pura y franca. Piensa en lo que te digo. No se paren en detalles, hechos para ojos pequeños. Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. Él nunca ha sido viejo para amar”

 

La esquela demuestra los valores morales y la responsabilidad y el compromiso para con su familia. La preparación de la guerra, el exilio y la preocupación constante por la liberación del yugo español nunca mermaron la iniciativa de mantener unida y cuidada a su familia. Se pueden mencionar muchas actitudes que engrandecieron a este hombre magnífico, paradigma viviente a través del tiempo, pero sin dudas el amor por los suyos en cuanto a su círculo familiar se refiere, destaca como una de sus mayores virtudes.

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