Dilemas éticos en la atención psicoterapéutica del paciente adicto

Dilemas éticos en la atención psicoterapéutica del paciente adicto

Adicciones

Las adicciones constituyen una de las principales causas de muerte en la actualidad y son un flagelo que no solo ataca directamente a quienes las padecen, sino que arrastra consigo toda una estela de violencia y conflictos que en primera instancia involucra a la familia del adicto. De la misma forma, la sociedad en general se ve afectada por los estragos y la conducta inadecuada de estos enfermos aún inconscientes e incapaces de reconocer el mal que los afecta.

La adicción constituye un proceso en el cual se va perdiendo gradualmente la independencia ante una determinada droga. Esta pérdida se produce mediante dispositivos de tipo sociales y culturales que condicionan desde lo moral una serie de situaciones ante las cuales existe la necesidad de una elección y ante el desconocimiento del fenómeno se limita la libertad de elección; por lo que el individuo no encuentra otro camino de resolver sus problemas y de ser feliz que no sea la elección por las drogas.

Debido a la complejidad de esta definición, se vuelve ardua la manera de realizar un abordaje psicoterapéutico en el cual se mantengan presentes y jueguen un papel fundamental, los aspectos éticos que el mismo proceso terapéutico demanda, y más difícil se considera la tarea si se tiene como premisa que en la actualidad en Cuba, no existe un código de ética formal por el cual sujetarse cuando se comienza a realizar un trabajo en el campo de las adicciones.

En toda intervención terapéutica se considera fundamental la relación profesional-cliente. Se parte de esta premisa debido a la amplia gama de enfoques terapéuticos que actualmente existen, los cuales comprenden la terapia de maneras diferentes, pero siempre partiendo del mismo supuesto: relación profesional-cliente.

Los psicoterapeutas en primer lugar, además de todos los profesionales que de una forma u otra están relacionados con la terapia, constituyen quizás el grupo de personas, más que algún otro conjunto de expertos, que se enfrentan con la verdadera complejidad de la personalidad humana, debido a la gran cantidad de factores biológicos, genéticos, culturales y sociales que juegan un papel importante en la vida de los clientes.

La psicoterapia no es un asunto legal, aun cuando tiene implicaciones en procesos legales de algunos individuos; no es solamente una conversación, es un diálogo; no es un proceder médico que sigue el proceso lineal de causa-efecto en busca de la cura, aun cuando la psicología clínica se adentró en el modelo médico años atrás, la psicoterapia no sigue esa línea; no es trabajo social, su énfasis no está en obtener servicios comunitarios incluso cuando estos resultados puedan convertir al cliente en un individuo más proactivo, o sea, con un enfoque a hacer que las cosas ocurran y no sentarse a esperar a que sucedan. La psicoterapia no es un juego donde dos o más personas gastan su tiempo y energía, no es una farsa o un proceso vano. Por tanto, a partir de estos supuestos, resulta evidente el compromiso ético que debe mantener tanto el psicoterapeuta como todo el equipo que labora con el cliente, en este caso, el adicto.

Teniendo en cuenta que el problema ético se concibe como aquellas cuestiones morales susceptibles de varias soluciones que se intentan resolver por medio de procedimientos científicos, a continuación se presentan un conjunto de problemas o dilemas éticos que con mayor frecuencia se presentan en el actuar diario del psicólogo que aborda profesionalmente las adicciones.

En primer lugar se plantea el profesionalismo del terapeuta. En este aspecto juegan un papel preponderante un conjunto de elementos encabezados por la idoneidad práctica adquirida por el terapeuta o psicólogo. Para asistir de forma adecuada al paciente adicto se precisa de un arsenal teórico metodológico y una formación específica en la materia, porque se trata de una patología multicausal que requiere ser abordada desde distintas perspectivas; pues por un lado los aspectos médicos y psicológicos, los aspectos sociológicos y los aspectos espirituales o de sentido, interactúan entre sí facilitando de cierto modo la caída irreparable en la adicción.

Debido a la inexistencia de una materia dedicada a las adicciones, la idoneidad o habilidad práctica el profesional debe adquirirla una vez terminado sus estudios de grado; pues en ausencia de ella los pacientes de las comunidades terapéuticas, serían susceptibles de ser afectados por la ineficacia del tratamiento o por intervenciones mal aplicadas que les podrían causar perjuicios directos.

Para ejercer la psicoterapia es necesario adoptar una adecuada orientación terapéutica en lo referido a la preparación personal y el enfoque que se utilice. Una correcta orientación profesional provee al terapeuta de una vía acertada en la difícil tarea de tratar de comprender la naturaleza de los problemas psicológicos de sus clientes. Teniendo una explicación verosímil de por qué las personas son de una manera y no de otra, y a la vez confiando en esa explicación, provoca una reducción de la ansiedad del terapeuta, creando y propiciando las condiciones necesarias para una atmósfera en la cual la relación profesional-cliente se fortalece bajo condiciones de respeto y ética profesional.

En concordancia con lo anteriormente descrito sería conveniente destacar que el psicólogo no solo debe ser competente y profesional en la labor que desempeñe, además debe tener una sólida formación ética y humanística, la cual le permitirá adquirir plena conciencia de su rol profesional y evaluar en cada momento la actuación justa y correcta frente al que solicita ayuda, especialmente en el campo de la salud humana y a la vez convertirse en paradigma de conductas ajustadas para la sociedad.

La supervisión resulta otro aspecto de vital importancia en el cumplimiento acertado de las funciones éticas del psicólogo. Sin una estructura que funcione de manera correcta en el control del trabajo psicológico en la terapia con adictos es casi imposible que se cumpla en su totalidad el trabajo ético que debe desempeñar el terapeuta y por ende el trabajo terapéutico, pues en primer lugar, el personal que trabaja este campo, no cuenta con la persona apropiada que les rectifique posibles errores y les enseñe como corregirlos.

Otro dilema ético son las llamadas relaciones duales en psicoterapia. Una relación dual es aquella que sostenida entre dos personas, supone dos o más roles relacionales. Más concretamente, el término suele aplicarse cuando hay poder diferencial entre las dos personas y según los múltiples roles que asuman, con una persona asumiendo uno o varios roles que suponen una gran diferencia de poder en comparación con la otra persona involucrada. Una relación dual en este sentido es tomada como intrínsecamente antiética, generalmente por la potencial explotación a la que la persona con el rol de mayor poder podría someter a la otra. En el marco de la psicoterapia, este tipo de relación ocurre cuando el terapeuta se encuentra manteniendo, además de la terapéutica, otra relación diferente con un paciente que puede ser social (no sexual o sexual), profesional o financiera.

El Código Ético más explícito respecto a las relaciones duales es el de la Asociación Americana de Psicología (APA) que en su versión de 2001-a, expresa: Una relación múltiple ocurre cuando un psicólogo mantiene una relación profesional con una persona y (1) al mismo tiempo mantiene otro tipo de relación con la misma persona, (2) al mismo tiempo mantiene una relación con una persona estrechamente relacionada con la persona con quien se tiene la relación profesional, o (3) promete iniciar otra relación en el futuro con la persona con la que mantiene la relación profesional o con una persona estrechamente relacionada a ella. Todo psicólogo se abstendrá de iniciar una relación múltiple si es razonablemente probable que dicha relación pudiera interferir en su objetividad, su competencia o en la eficacia en la prestación de sus servicios o cuando exista riesgo de explotación o daño a la persona con quien se mantiene la relación profesional. Las relaciones múltiples en las que no es probable que se cause deterioro o riesgo de explotación o daño no son antiéticas. En caso de violentarse esta regla las consecuencias pueden ser verdaderamente devastadoras principalmente para el paciente y lo más importante para su restablecimiento.

El siguiente problema ético en psicoterapia de adicciones, al cual se le concedió gran importancia, es el referido a la medida en que el paciente es capaz de ir ganando autonomía con la colaboración del terapeuta. El principio de autonomía impone la idea de un especialista/consultor y socio, empeñado en contribuir con el paciente-adulto y responsable a que se ayude a sí mismo eligiendo, en cada caso, las mejores opciones. Este principio contempla la idea de que a los pacientes se les debe respetar sus voluntades, por lo que es necesario que estén bien informados para su toma de decisión y plenamente capaces desde el punto de vista psicológico.

Algo importante a resaltar con respecto a la autonomía del paciente es que resulta una realidad el respeto que se debe tener por el mismo, pero nunca, debe perderse la perspectiva de que el terapeuta es quien dirige la terapia y por ende es al mayor responsable de todo lo que ocurra en ese momento, responsabilidad que solo le da derecho al terapeuta a brindar ayuda y alternativas a su paciente o grupo de pacientes adictos, que al mismo tiempo los convierte en responsables de elegir las alternativas brindadas por el terapeuta.

Una vez más se demuestra el alto grado de preparación que debe poseer el profesional que se dedique a este tipo de actividad y se manifiesta como cada uno de los problemas éticos que han sido mencionados y analizados, están entrelazados unos con otros. Si en caso de que el psicólogo o profesional que esté al frente de la terapia cometiese el error de tener alguna conducta antiética, podría desatarse fácilmente una cadena de las mismas.

Por último y no menos relevante, la confidencialidad es el otro problema ético que mayores consecuencias negativas puede traer en el proceso terapéutico. Es importante tener como premisa el respeto por la intimidad del paciente adicto. Para que una estrategia terapéutica aporte el resultado esperado, la intimidad debe ser abordada por los profesionales y por el resto de los miembros de la comunidad terapéutica de forma adecuada. No obstante, el profesional debe informarse sobre el alcance de los derechos del individuo a preservar su intimidad. Una parte de este derecho es el que se refiere a la confidencialidad de los datos de sí mismo, que el profesional y el equipo terapéutico debe preservar con celo. En aras de evitar el problema es muy conveniente dejar bien esclarecidos, antes de iniciar cualquier proceso grupal o individual de terapia, todos los aspectos que puedan influir tanto negativa como positivamente en el mismo para el logro de su eficacia. La relación terapéutica no es solamente una relación a la que se aplican consideraciones éticas, sino que también, y sobre todo es una relación que, en sí misma, se constituye éticamente.

En Psicología la ética profesional es una cuestión inherente a la ciencia, pues al ser la subjetividad humana su objeto de estudio, no existe espacio para el error. Ello implica que la formación del psicólogo, quizás más que alguna otra, está regida por sólidos principios éticos para el desempeño de la profesión.

La ética profesional que debe mantener el psicólogo en la psicoterapia con pacientes adictos, se dificulta debido a la inexistencia en Cuba de un código de ética por el cual deban regirse los profesionales que laboran en este ámbito, por lo que se hace impostergable, la elaboración de normativas que regulen el ejercicio laboral de los que trabajan para ayudar profesionalmente a las personas adictas.

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